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299 Días Secuestrado por una Banda Islamista (Antonio Pampliega)

Uri SabatMay 26, 202656m
Topics43
Inicio del secuestro en Siria0:00Factores que cambiaron en el viaje0:32La traición del traductor y el conductor1:02El momento del secuestro2:31Primeras horas en cautiverio3:01Decisión de decir siempre la verdad3:30Reacción del conductor y señales de peligro4:30Objetivo del secuestro y valor propagandístico6:02Condiciones de la primera casa7:30Segunda casa: el sótano8:30Intento de conversión al Islam10:01Objetos solicitados y actividades11:31Aparición del exmilitar español y cambio del secuestro12:01Interpretación errónea como espía del CNI14:00Separación de los compañeros14:31Estrategia de supervivencia16:01Impacto del aislamiento16:30Contexto de peligro y decisión de entrar17:30Intento de suicidio19:04Privación del sueño y deshumanización21:30Perfil de los secuestradores23:31La liberación27:02El engaño psicológico28:30El cruce de la frontera30:32La pérdida familiar33:00El estado físico y neurológico34:30El modo de supervivencia37:02La falta de atención a la salud mental39:00La interrupción de la terapia40:31El deterioro y el intento de suicidio42:02La búsqueda de ayuda especializada45:01La defensa de la salud mental47:30Reflexión sobre el impacto mediático de las noticias51:12La importancia de contar y denunciar51:32Experiencia personal con el suicidio en el entorno familiar51:32El proceso de reflexión tras un intento de suicidio52:02El peso de las preguntas sin respuesta y el sentimiento de culpa52:31Las consecuencias para el entorno cercano53:02La complejidad de comprender el estado mental53:31La dificultad de encontrar herramientas para seguir adelante54:01El valor de compartir la experiencia públicamente54:01Normalizar y atajar el problema54:31Cierre de la conversación54:31
In a Nutshell

Antonio Pampliega relata su secuestro de 299 días en Siria, donde fue traicionado por su traductor y conductor, separado de sus compañeros y sometido a aislamiento, interrogatorios y deshumanización al ser acusado de espía. Sobrevivió intentando suicidarse una vez durante el cautiverio y, tras la liberación, sufrió graves secuelas psicológicas que lo llevaron a un segundo intento de suicidio en 2023 por falta de apoyo en salud mental. El mensaje central es la necesidad urgente de normalizar y atender el suicidio y el estrés postraumático con recursos públicos, ya que el silencio agrava el sufrimiento de las víctimas y sus familias.

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El secuestro duró 299 días (10 meses, 7200 horas, 430.000 minutos). Antonio Pampliega, López y Ángel entraron en Siria el 14 de 2014 para realizar un reportaje sobre los Cascos Blancos en Alepo con el objetivo de crear un documental gráfico de unos 60 minutos y luego viajar a Yemen. Habían estado en el país el año anterior y necesitaban más tiempo con los Cascos Blancos.

El país estaba blindado por la presencia de grupos yihadistas: Al Qaeda, Estado Islámico y otros grupúsculos. Su traductor habitual, Jusf, había abandonado Siria con su familia hacia Turquía. Contrataron a un nuevo traductor que seguían por redes sociales y que había trabajado con otros compañeros en la frontera entre Siria y Turquía.

Tanto el traductor como el conductor, Hamsa, vendieron a los tres periodistas a una facción islamista. Durante el trayecto, el conductor sacó la cabeza por la ventanilla al tomar una curva para marcar el coche. Al girar la curva, una furgoneta interceptó el vehículo. Bajaron entre cinco o seis hombres armados vestidos de yihadista con trajes afganos y kalashnikovs.

Pampliega iba en el asiento trasero central y vivió el momento como a cámara lenta. Buscó insignias en los secuestradores para determinar si pertenecían a Estado Islámico (su mayor temor por la propaganda que realizaban), pero no llevaban ninguna. Los secuestradores sacaron primero al conductor, luego al traductor, después a López, a Ángel y por último a Pampliega. Los metieron en una furgoneta y los llevaron a una nave abandonada en las afueras de Alepo.

En la nave había una unidad militar yihadista con muchos vehículos y hombres. Les quitaron relojes, pulseras (Pampliega llevaba siete por superstición), carteras, cámaras, pasaportes y objetos de valor. Les hicieron cuatro preguntas: quiénes eran, qué estaban haciendo y a qué se dedicaban. Luego los metieron en una celda.

Los tres periodistas decidieron desde el principio decir siempre la verdad. Pampliega considera absurdo resistirse o mentir como en las películas, ya que el objetivo es sobrevivir y aguantar el máximo tiempo posible. Mentir durante un secuestro largo de 299 días genera inconsistencias que los captores detectan porque toman notas. Decir la verdad evita palizas, vejaciones y malos tratos.

Usama entró primero en la celda. Ángel intentó decirle que estaban bajo la custodia de un general de Alepo, pero el hombre se negó a hablar. El conductor entró riéndose, se sentó al lado de López y Mía, y se llevó el pulgar al cuello haciendo el gesto de decapitación. Esto indicó que el conductor y el traductor estaban coludidos. El traductor había publicado fotos de los periodistas en Facebook el mismo día a pesar de que se le pidió que no lo hiciera, y el conductor los fotografió en su casa para ponerles precio.

Los secuestradores buscaban un rescate, propaganda o enviar un mensaje disuasorio a otros periodistas. Pampliega pensaba que los matarían, pero no en ese momento inmediato. Cada día se levantaba pensando que podía ser el último. Sabía que Estado Islámico tenía más recursos económicos que Al Qaeda y que podían ser vendidos a grupos más grandes. Tres periodistas españoles decapitados representaban un valor propagandístico incalculable.

La primera casa era un chalé con tres habitaciones, salón, cocina pequeña, baño y un jardincito con árboles frutales. Estuvieron sin salir del salón, con tres sofás (uno para cada uno), televisión gigante donde veían películas y noticias durante los primeros días. Solo salían al baño. Las condiciones eran relativamente buenas.

En la segunda casa las condiciones empeoraron. Los metieron en un sótano, en una habitación del tamaño de tres colchones de 80 centímetros de lado a lado, con una franja central de 14-15 pasos para caminar. Era un antiguo baño de una casa de alto standing con piscina climatizada que había sido ocupada. Hacía mucho calor porque era verano. Podían ducharse una vez a la semana o más cuando les dejaban. La comida incluía quesitos del Caserío (seis para tres personas), pan, yogur y a veces arroz. No pasaron hambre en esta fase.

Los guardianes eran tres personas normales, dos de ellos muy jóvenes. El tercero, el jefe, tenía la obsesión de convertirlos al Islam. Una mañana les mostró en su teléfono móvil un vídeo de YouTube de un antiguo sacerdote católico que se había convertido al Islam y recorría Estados Unidos convirtiendo personas. Era propaganda en inglés que estuvieron viendo una hora. Posteriormente les trajeron una revista de Al Qaeda impresa cuyo titular era "Cómo cocinar una bomba en la cocina de tu madre", aunque habían quitado las páginas centrales con el contenido principal.

Pidieron cosas para leer y escribir. Les trajeron folios donde dibujaron un tablero de ajedrez para jugar con los envoltorios de los quesitos. López pidió un libro (posiblemente Harry Potter o Moby Dick). Les trajeron una revista de Al Qaeda que leyeron a pesar de ser propaganda sobre Afganistán y la YJA.

En la segunda casa apareció un exmilitar español que había dado instrucción militar a combatientes sirios en Navidad de 2012. El hombre era mercenario, no yihadista. Cuando se hizo público el secuestro, este exmilitar contactó con sus antiguos contactos sirios y confirmó que las fotos de los pasaportes correspondían a los tres periodistas. En lugar de contactar con el gobierno español, envió una carta como prueba de vida con su acreditación del Ministerio de Defensa como militar en la reserva y rango de alférez. La carta empezaba: "Hola, Antonio, me llamo X, soy tu mejor amigo" y preguntaba por una amiga común de Valencia llamada Elena que trabaja como enfermera en el Hospital La Fe.

El grupo (Jabhat al-Nusra, la rama siria de Al Qaeda) interpretó "nurse" como "Nusra" y entendió que el militar español estaba preguntando si los tenía secuestrados Jabhat al-Nusra, enviando un mensaje encriptado. A partir de ese momento, Pampliega dejó de ser considerado periodista y pasó a ser visto como posible miembro del CNI o espía. Los interrogatorios se centraron exclusivamente en él.

En octubre de 2015 separaron a Pampliega de López y Ángel. Pasó los últimos 7 meses (202-203 días) solo en una celda de aislamiento. Durante este período sufrió malos tratos, vejaciones, insultos y una representación teatral de ejecución con espadas. Le exigían información sobre grupos con los que había tenido trato, armamento suministrado y personas entrevistadas, información que no poseía como periodista.

Pampliega entregó las contraseñas de redes sociales y correos sin resistencia para evitar palizas y privaciones. El objetivo era aguantar hasta el final siendo tratado de forma decente. Los captores estaban convencidos de que trabajaba para el gobierno español.

El aislamiento fue lo peor del secuestro, peor que las amenazas de muerte o las palizas. Antes de la separación, los tres compañeros se apoyaban mutuamente. Al quedarse solo, la mente empezó a jugar malas pasadas: pensaba constantemente que lo matarían, sentía culpa por haber entrado en Siria, pensaba en sus padres y hermanos, y en sus compañeros.

Semanas antes del secuestro, el periodista japonés Kenji Goto fue secuestrado en la misma zona y estuvo tres años cautivo. Pampliega, López y Ángel habían entrado y salido de zonas controladas por Estado Islámico en 2013 durante un mes y medio sin incidentes. Habían cruzado una línea de no retorno confiando en que siempre saldrían bien las cosas.

En enero de 2016 (entre el 8 y el 12 aproximadamente), Pampliega perdió la esperanza después de marcarse metas que no se cumplían (cumpleaños de su hermano el 28 de noviembre, Navidad, Reyes). Encontró una cuchilla de afeitar que los captores dejaban para afeitarse el bigote, el vello púbico y las axilas según preceptos salafistas. Partió el cabezal, sacó las tres cuchillas y se cortó las venas. No terminó porque le faltó valor o pensó en su madre y en que los captores aún no habían matado a nadie. Se curaron solos sin infectarse.

Dormía muy mal. Los captores golpeaban la puerta cuando lo veían durmiendo para despertarlo. Le deshumanizaron cambiándole el nombre por "Walit" y tratándolo como a un perro: debía sentarse en el suelo, mirar a la pared, taparse la cabeza con un gorro, y extender la mano para que lo llevaran al baño. Solo podía hacer sus necesidades dos veces al día (mañana y noche). Escribió en la pared con caracteres latinos pero en árabe "Ana leis kalb" ("No soy un perro") y le pegaron por insultarlos.

Han pasado 10 años desde la liberación y 11 desde el secuestro. Pampliega considera que eran gente normal y corriente a la que la guerra destrozó la vida. En la tercera casa tuvieron acceso directo a los secuestradores sin capucha. Podían hablar con ellos, les preparaban la comida e incluso les compraron un ajedrez. Todos habían perdido a alguien. El jefe, de 34 años pero que parecía mucho mayor por el pelo y barba blancos, perdió a sus dos hijas y a su mujer en un bombardeo, se volvió loco, bebió en Turquía, se abrazó a la fe y regresó a Siria uniéndose a Al Qaeda. El más joven tenía 19 años, era padre de una niña de 6 meses llamada Sham y era un fanático que creía literalmente todo lo que decía el Corán.

El 7 de mayo de 2016, Antonio Pampliega fue liberado tras 299 días de secuestro. Entraron dos secuestradores de madrugada, después del primer rezo, alrededor de las 4 o 5 de la mañana. Uno llevaba el logotipo de Estado Islámico en la cabeza. Le proporcionaron ropa nueva y zapatillas deportivas, le hicieron vestirse y le pusieron una capucha y esposas. Mientras lo sacaban a la calle, el secuestrador con el logotipo le dijo al oído: "Don't forget us, no nos olvides". Lo metieron en una furgoneta, le pusieron la cabeza entre las piernas y uno le encañonó con una pistola en las costillas. Antonio iba rezando en voz baja durante todo el trayecto, pidiendo a Dios que fuera rápido y que no le doliera, ya que su mayor miedo era cómo le iban a matar.

Antonio pensó que iban a ejecutarlo, especialmente al ver los logotipos de Estado Islámico, creyendo que grabarían un vídeo. Sin embargo, sabían que lo iban a llevar a la frontera para liberarlo, pero le hicieron creer hasta el final que lo ejecutarían. Es un machaque psicológico constante. La furgoneta se detuvo en la frontera, lo bajaron y caminó varios pasos con la capucha. Al quitársela, vio a sus dos compañeros arrodillados, vestidos de calle por primera vez en 7 meses. Ángel pidió que se pudieran dar un abrazo. Apareció un señor de blanco, jefe de toda la operación, con al menos 30 soldados armados con RPGs. El tipo llevaba un puñal al pecho y Antonio pensó que era el "Matarife" que iba a degollarlos. El hombre le quitó las esposas, confirmó su identidad y les explicó en árabe (traducido después) que estaban a 1 km de la frontera con Siria, que debían caminar y que al otro lado estaría la gendarmería turca.

Antonio pensó que les dispararían por la espalda, pero estaban siendo liberados. Cruzaron caminando y hablaron con un militar turco en una garita. El militar llamó a un capitán que hablaba inglés, los recogió, escuchó su historia y los llevó a una comisaría donde los interrogaron entre 3 y 4 horas. Después llamaron a la embajada de España en Ankara, el gobierno envió un Falcon para llevarlos a España. Nadie sabía que los estaban liberando, ni siquiera sus familias. Tuvieron que llamar a casa para dar la noticia. Las llamadas eran por teléfono fijo con retardo en la señal, lo que complicaba la comunicación. Antonio escuchaba a su madre pero ella no lo escuchaba a él. Cuando lograron comunicarse, lloraron juntos y Antonio le repetía que lo sentía, porque durante los últimos 200 días pensó que su madre había muerto al recibir la noticia del secuestro, ya que ella tiene problemas del corazón.

Su tío José Antonio falleció de cáncer de páncreas en noviembre de 2015. Antes de morir, le decía a su tía Silvia y a sus primas Carlota y Cristina que no podría despedirse de "Toño". Antonio se emociona al hablar de su familia porque siente que les ha hecho una herida que ellos no eligieron. Su profesión es una elección suya, pero las consecuencias negativas las asumen ellos. Los primeros días en libertad los pasó en el Hospital de la Princesa en Madrid por los golpes recibidos. Cuando le dieron el alta, organizaron una fiesta familiar donde notó la ausencia de su tío.

Antonio perdió mucho peso durante el cautiverio, llegando a pesar entre 50 y 60 kilos. Tiene fotos del momento de la liberación y del hospital con la corona de Burger King que le pusieron las enfermeras después de pedirle una hamburguesa a su hermana. Físicamente estaba bien, pero su cabeza tenía problemas psicológicos y neurológicos. Al llegar a casa el 8 de mayo, estando en la cocina con su familia tomando un yogur, despertó en el salón sin recordar cómo había llegado. Dos policías locales de su pueblo se abalanzaron sobre él cuando intentó gritar y se le salió la mandíbula. Lo ingresaron en la planta 7 del Hospital de la Princesa, le hicieron un TAC y descubrieron que no había tenido un ataque de epilepsia, sino que su cerebro se había apagado y reiniciado punto por punto, liberando toda la tensión acumulada al entender que ya estaba en un lugar seguro.

Durante los 10 meses de secuestro, Antonio no se puso enfermo ni un solo día a pesar del frío intenso. Su cuerpo se mantuvo en modo alerta total sin bajar la guardia. Tras el alta hospitalaria, le recetaron medicación para ataques de epilepsia durante 6 meses. La medicación no le provocaba mareos ni vómitos, era media pastilla diaria para prevenir posibles ataques. Nunca volvió a tener otro episodio. Todo era producto del estrés y el cortisol acumulado por pensar cada día que iba a morir. Físicamente pesaba 50 kilos y mentalmente estaba destrozado.

En 2016, la salud mental no recibía suficiente atención en España. Antonio nunca acudió a un especialista tras el secuestro. En octubre de 2017, después de publicar su libro "En la oscuridad" en mayo de ese año y realizar entrevistas diarias que le obligaban a revivir la experiencia, su cabeza empezó a jugarle malas pasadas. Tenía programado un viaje a Afganistán en noviembre donde operaban los talibanes y había riesgo de secuestros. Empezó a tener miedo de que lo volvieran a secuestrar y buscó ayuda con Lourdes, psicóloga madrileña especialista en estrés postraumático que trabajaba en el SUMMA. Ella le dio pautas para retomar su profesión sin estar aterrado. La terapia funcionó y pudo viajar a Afganistán un mes, y posteriormente a Venezuela dos veces más.

Cuando le ofrecieron el programa "Pasaporte Pampliega" en Cuatro, tuvo que dejar la terapia porque no podía viajar y cuidar su salud mental simultáneamente. En 2018 grabaron 13 países en 8 meses. Dejó la terapia y eso pasó factura posteriormente, especialmente durante la pandemia. No fue por el encierro, que le resultaba familiar, sino por la acumulación posterior de problemas: pérdida de ingresos, falta de trabajo, revivir experiencias pasadas. Se volvió una persona difícil de convivir. En ese momento ya era padre, su hija era pequeña, llevaba un año sin salir de España y no sabía qué hacer profesionalmente porque su vida había cambiado y no podía volver a ser freelance.

Se volvió insoportable e irascible, rompiendo cosas y gritando, perdiendo el control y tardando días en calmarse. Su mujer le recomendó un psiquiatra. Al principio se negó pero accedió con la condición de no medicarse; sin embargo, salió medicado. La medicación funcionó pero el psiquiatra no, porque el profesional descubrió quién era, buscó información en Google y desviaba las sesiones hacia temas como la guerra entre Rusia y Ucrania. Dejó la terapia pero continuó con la medicación (Temeral o similar), que no estaba bien ajustada. Su cabeza volvió a jugarle una mala pasada. Se dio cuenta de que estaba haciendo daño a sus padres, hermanos, mujer e hija. En julio de 2023, durante unas vacaciones en Marruecos, intentó quitarse la vida con una sobredosis de pastillas de su medicación. Estuvo un día en coma en un hospital de Marrakech, tuvo mucha suerte y salió sin daño neuronal. Pasó 4 días en el hotel recuperándose.

Al regresar a España, su mujer dijo que así no podían seguir viviendo con una niña de dos años. Intentaron ingresar en clínicas privadas que costaban entre 5.000 y 6.000 euros por semana, algo que no podían pagar. A través de la Seguridad Social, le dieron cita con un psiquiatra para mayo de 2024, 10 meses después. Un psiquiatra privado cobraba 150 euros por 15 minutos y un psicólogo 80 euros, pero necesitaba medicación y no podía permitírselo. Se puso en manos de la ONG SIRA, donde el psiquiatra Pedro, especialista en estrés postraumático, violencia, malos tratos y tortura, le proporcionó las herramientas y medicación necesarias. Estuvo casi un año viviendo con sus padres en Madrid mientras su mujer e hija subían regularmente a visitarlo. Perdió casi el primer año escolar de su hija, aunque mantenían videollamadas diarias.

Antonio considera que es necesario hablar públicamente de estos temas porque es una persona pública. En España, los intentos de suicidio son la segunda causa de mortalidad después de los accidentes de tráfico entre jóvenes. Ha tenido dos intentos de suicidio: uno durante el secuestro y otro en julio de 2023. Le dieron cita para el 7 de mayo de 2024, el día de su liberación, 10 meses después. Da charlas en colegios e institutos sobre violencia y guerra, y siempre termina mostrando una foto con su mujer e hija. En todos los centros ha visitado hay al menos 10 protocolos de suicidio abiertos. Considera que hay que atacar el problema de raíz. El suicidio ha sido un tabú en España durante muchos años.

De hecho, hoy han matado una mujer. ¿Por qué hablamos de las manadas? ¿Esto no es un llamamiento para que otras personas hagan lo mismo? A lo mejor un hombre que está viendo esto en su casa mata a su mujer porque ha visto una noticia. Los pirómanos cuando queman montes les gusta verlo en su casa porque se pone.

No tienen respuesta. Es que hay que contarlo, hay que denunciarlo cojonudo y los suicidios no te entiendo muy bien y no lo he dicho nunca en el podcast y pero ya que has entrado ahí, lo quiero compartir contigo.

Es algo que yo he vivido en muy cerca mío en mi familia, en primera persona. Sí, una persona de mi familia y es algo él lo hizo, es decir, consumó. Es algo que nos toca, nos puede tocar a cualquiera que no entiendes, no entiendes.

Porque, perdona que te corte, Euri. Una de las cosas que yo me di cuenta cuando intenté hacerlo es, obviamente yo descanso, que era lo que quería mi cabeza, descansar, quitarme en medio y es ya está. Pero luego me doy cuenta cuando reflexiono, sobre todo con la ayuda de Pedro, son todas las preguntas que dejas en el aire a esas personas.

En este caso que te toca a ti, las por qué, el por qué, por qué y sobre todo el sentimiento de culpa es no lo vi, ¿cómo no lo hemos visto? Claro. Y eso es un tormento para tus padres, tus hermanos o en este caso mi mujer, que es la que me tuvo que llevar al hospital en un país donde no hablaba ni inglés, ni francés, ni árabe. Tuve que llamar a mi hermano que vive en Alemania. Mi hermano hablando con la gente del hotel y hablando con el doctor, diciéndole que había tenido una sobredosis y que no estaba borracho.

Mi mujer se quedó ahí en mi cama pensando que no salía y si salía iba a quedar muy tocado a nivel neural. Neuronal. Claro. Y todos los porqués es lo que decimos, los porqués, porque no lo entiendes. Porque solamente lo entendemos las personas que llegamos a ese límite. Y por más que te lo explique, dices, "Ya, pero sí, pero tu cabeza no funciona como la mía y tú tienes a lo mejor unas herramientas que no son las mías."

Y el empatizar con eso, el pensar en no hay otra solución, pero estás en su cabeza y en su cabeza no hay otra solución. En el egoísmo, en la salvación, en los diferentes caminos, o sea, es algo tan complejo para la persona, para el entorno de esa persona, la familia, la gente que le quiere.

Y después tampoco sabes como las herramientas que tienes para solucionarlo, ¿no? Porque dices, "Hostia, ¿cómo puedo pensar que esa persona lo ha hecho y cómo puedo salir adelante con después de esto?" ¿Sabes? No lo sabes.

Mira, cuando yo he hablado de esto en otro podcast y con este en el tuyo, me han empezado a escribir mucha gente por Instagram, personas que se han intentado quitar la vida y me dan las gracias por salir a contarlo. Entonces, por eso sigo contándolo, porque ayudo o creo que ayudo.

Sí, tal como has documentado cosas en tu vida y procesos muy fuertes, estás documentando tu mismo proceso. Eso es que es un proceso que afecta a muchas más personas de las que nosotros pensamos. Entonces, por eso yo creo que hay que contarlo, hay que normalizarlo, pero sobre todo hay que atajarlo y eso ya no nos depende, no depende de nosotros, depende de las personas que nos gobiernan, que por eso se las votamos.

Antonio, llevamos 2 horas y 45 minutos. En serio, ¿eh? Madre mía. Y tú tienes una cita dentro de nada. Sí, tenemos que cortar. Tenemos que cortar. Pero no quiere decir que no vayamos a volver, ¿verdad? Ha sido increíble, tío. Es el podcast más largo del canal, de la historia. Ha sido un placer. Tienes todavía preguntas por hacer, ¿eh? Sí, sí, sí. Bueno, es que no he hecho ninguna de estas. O sea, al final ha sido, o sea, es tan fácil, tan agradecido el poder sentarse con una persona como tú que tiene unas vivencias tan increíbles, que tiene una capacidad de comunicación tan increíble, vocabulario, presencia, que da sentido a que hayamos hecho todo esto, que te hayas tomado el tiempo de venir, que podamos sacar un podcast así. Encantado. Nos ha costado, nos ha costado cuadrarlo, pero gracias a Micaela, que es la que se ha encargado aquí de picar piedra, nos hemos podido sentar y yo espero, si a ti te parece bien, en el futuro, seguir y retomar esta cosa. Por favor, sería un placer. Gracias por tu tiempo, por tu valentía. Ha sido un placer conocerte y esta es tu casa. Muchísimas gracias, Uri. Muchas gracias. M.

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