El Castigo que Empieza Mucho Antes de la Ejecución (Joaquín José Martínez)
In a Nutshell
El video explica los largos años en el corredor de la muerte por agotamiento de recursos legales y altos costos (casi un millón de dólares anuales por preso, vs. $100,000 en perpetua), que benefician a un lucrativo negocio penitenciario. Joaquín José Martínez relata la historia de Franklin Smith, condenado injustamente 19 años por violación y asesinato de una niña, maltratado brutalmente por guardias pese a su inocencia mental y física, hasta morir de cáncer; un año después, pruebas de ADN lo exoneraron póstumamente, revelando al verdadero culpable. Esta experiencia cambió la visión del hablante sobre la pena capital, al descubrir inocentes entre los condenados.
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¿Por qué hay tanto tiempo antes de una ejecución? Los recursos legales se agotan uno tras otro durante años. El primer recurso tarda normalmente de 3 años y medio a 5 años; el del hablante tardó solo 6 meses. La Corte Suprema debate si mereces una oportunidad, por burocracia legal. También genera dinero: muchos funcionarios trabajan y ganan con esto. El coste de un condenado a muerte es casi un millón de dólares anuales, comparado con $100,000 anuales para uno con perpetua. Incluye uniformes, vigilantes extra; es un negocio grandísimo, una máquina de hacer dinero.
No presenció ejecuciones, pero conoció a Franklin Smith, hombre negro alto, fuerte, corpulento, con gafas gruesas, condenado a muerte por 19 años por violación y asesinato de una niña de 9 años. Estaba mentalmente afectado. El hablante, antes a favor de la pena de muerte, cambió al conocerlo. Smith apenas sabía leer; el hablante le leía cartas de juzgados y compartía postales de España, Italia, París y otros sitios. Smith decía: > "Wen, when you go home to those places, cuando vayas a casa, a esos sitios, me llevas contigo, mi huo."
El hablante respondía: "Ya, Frank, claro, tranquilo, te llevaré conmigo a todos sitios."
Smith recibía muchas palizas, se despertaba a las 3-4 de la mañana gritando "Sácame de aquí, soy inocente". Los vigilantes abrían la celda con cadenas y le pegaban sin piedad. Lo llevaban a la enfermería del corredor de la muerte; volvía curado en dos días porque no querían matarlo de paliza, sino en la silla eléctrica. Una vez no volvió; todos pensaron que lo habían matado. Meses después, en su nuevo juicio, el hablante lo vio en la enfermería en una camilla, temblando, llorando, atado de manos, con cinturón de piel en la cintura y grilletes; ya no era el hombre grande de antes, casi un año después.
Murió de cáncer. ¿Quién tendría compasión por él tras 19 años y un crimen así? Ni familiares, médicos ni enfermeras. Un año después de su muerte, un abogado consiguió pruebas de ADN de la niña y de Smith: negativas, y demostraron que era el ADN de otro preso condenado por violaciones a niñas y otros crímenes. Podrían haber salvado más niños y la vida de Smith si la policía hubiera hecho bien su trabajo desde el principio. El hablante pensó: "Ya no soy yo, ya no es Joaquín, aquí hay más gente inocente. Esto no está bien."
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