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La Perspectiva que Solo te Da Haber Estado al Borde de Perderlo Todo (Albert Espinosa)

Uri SabatJuly 31, 202611m
In a Nutshell

Albert Espinosa, tras sobrevivir 10 años de cáncer infantil y múltiples pérdidas, aprendió que vivir significa aprender a perder y convertir esas pérdidas en ganancia. Su filosofía central es que “si crees se crea”, y que el humor, la perspectiva y la aceptación de la muerte permiten vivir con una sonrisa. Además, afirma que quienes han muerto siguen presentes como protectores, por lo que nunca estamos solos.

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Albert Espinosa afirma que una de las cosas que ha intentado enseñar al mundo es ponerle perspectiva a todo. Cuando tuvo cáncer a los 14 años y estuvo casi 10 años enfermo, aprendió a ver la vida de otra manera. Tuvo la gran suerte de tener una madre hospitalaria de San Juan de la Abadessa que le enseñó a ser valiente en la vida y en el amor, y le dio la frase que le ha condicionado todo: "Vivir es aprender a perder lo que ganaste".

A los 14 años, Espinosa aún no había perdido ni la pierna, pero se dio cuenta de que eso es vivir. Cuanto más se vive, más cosas se perderán, y cada persona puede elegir tomárselo de una manera o de otra. Si se vive poco, poco se perderá. Él respondió a su madre que quería vivir mucho, y ella le dijo que hiciera una lista de todo lo que tenía porque con los años lo tendría que tachar y prepararse para conseguir ese duelo y convertir esas pérdidas en ganancia. Espinosa ha hecho eso toda su vida.

Aprender a vivir es aprender a desprenderse de las cosas. Uno de los temas que tratará es cómo la relación que tenemos con la muerte desde adultos puede ser una relación difícil y muchas veces tabú, donde no entendemos nada, pero cuando somos niños es muy diferente.

Espinosa considera que ha tenido la gran suerte de haber sido un niño que tuvo cáncer. Dejó el colegio a los 13 años cuando jugaba en los alevines del Barça como portero. Su vida giró totalmente y se encontró en el hospital Valle Hebrón con 18 chicos que tenían el mismo sarcoma que la hija de Luis Enrique, un cáncer casi mortal. A todos les cortaron la pierna, pero tuvieron la suerte de encontrar a aquella madre hospitalaria que les dio un grito de guerra: "No sois cojos, sois cojonudos".

La muerte era algo que estaba muy presente. Cuando moría un niño, Espinosa le decía a su madre: "Hospital, ¿qué puedo hacer?" y ella respondía: "Divide las vidas de los que perdéis entre vosotros para que se multipliquen dentro". En aquellos 10 años le tocaron 3,7 vidas más la suya, total 4,7. Cada niño dejaba 10 o 12 deseos y le tocaron 150 deseos, de los que ha cumplido 149 y le queda uno.

Esa vida de pequeño no la ha olvidado. De adulto conoce a 50 o 60 niños porque los padres le escriben, le cuentan cómo se llama el niño y los visita. Muchos mueren pero le dejan una fuerza increíble. Cuando alguien tiene tristeza o depresión, aconseja que vaya a una sala oncológica de niños porque le entrarán las ganas de vivir por la fuerza y energía brutal que tienen.

Con 15 años el cáncer de hígado ya era imposible, con una tasa de 99,99% de mortalidad. Lo enviaron a Menorca a un hospital de paliativos precioso que habían hecho unos voluntarios, con cine, pistas de tenis, de ping pong y vistas al mar. Era tan bonito que ninguno lo llamaba hospital de paliativos sino "el Hilton de la muerte". La media eran 23 días. Los niños llegaban, morían, y como tenían crematorio, los quemaban allí y los lanzaban al cielo de Menorca eligiendo los colores y los fuegos artificiales.

Espinosa vio ser lanzados 72 niños en el tiempo que estuvo. Para él es la imagen de la felicidad pura porque eran niños que habían elegido los colores y las músicas. Siempre que cierra los ojos recuerda aquello y recuerda lo importante que es vivir. Cuando llevaba 20 días repartió sus deseos, puso los colores del Barça para que lo lanzaran con ellos. A los 30 días no se moría, a los 50 días si no se moría le venían todos los niños y le decían que le iban a echar del Hilton de la muerte. A los 73 días su médico le dijo algo que no olvidará: "Albert, lamentablemente tu cáncer va muy lento". Él respondió: "Hostia, lamentablemente no".

El médico le dijo que había un tratamiento alternativo para el osteosarcoma en San Francisco. Elegirían cinco niños del mundo y podría ser uno de los elegidos. Fue uno de los elegidos y le dieron un tratamiento alternativo muy fuerte que no lo habían probado ni en cobayas ni en ratas. Eran aquellos cinco chicos los primeros, murieron cuatro, quedó solo él.

Siempre le quedó esa frase de que nada es imposible en esta vida. Cuando alguien le dice que es un 99,99% imposible, él cree todo. Su lema es "si crees se crea". El creer y el crear está una letra de distancia. Al final todo lo que se vive de pequeño marca, y la felicidad que intenta tener cada día o la forma de hablar con niños que sabe que morirán pero le dan felicidad, forma parte de la vida.

Si nadie muriese sería una putada, pero como el spoiler es que todos morimos, cree que hay una forma feliz de tomársela. Como decía su madre hospitalaria: "Si puedes vivir con una sonrisa, ¿por qué vivir sin ella?".

El humor es fundamental. Su madre hospitalaria decía: "Los miedos son dudas no resueltas. Si alguien no te resuelve una duda, se transforma en un miedo". Desde pequeño le enseñó a no tener miedo ni tener miedo de enseñar. Él tiene su muñón y cuando va con pantalones cortos por la calle la gente hace ver que no ve la pierna, pero dos segundos después de cruzarlo se giran a mirarle, y él siempre se gira y los pilla a todos, diciéndoles: "¿Por qué tenéis miedo a preguntar?".

El humor siempre salvará, decía su madre hospitalaria. El tratamiento de San Francisco tenía efectos secundarios. Le dieron 300 radiografías y 400 tags, con lo cual cualquiera que esté cerca de él está igual de radioactivo. Una cosa que le dijeron en San Francisco es que este tratamiento le cambiaría la forma del cerebro. De tanta tax, tanta resonancia y tanta radioactividad, tendría premoniciones y sensación de ver protectores, gente que se ha ido y está cerca.

Para un niño de 15 años que era incrédulo, aquello marcó su vida. Siempre ha creído que tiene la suerte de ver protectores y hacer premoniciones. En 2019 escribió un libro que se llamaba "Lo mejor de ir a volver" y decía que ganaría el siguiente mundial el 22 Messi metiendo tres goles en la final, como así fue. Messi le escribió preguntándole cómo lo sabía. En otro libro decía que en tres años llegaría una pandemia y llevarían todos tapabocas y nunca se sabría el origen si era animal o algo.

En lugar de pensar que no le ha condicionado, lo tiene dentro. Ahora ve a los protectores y en el último libro "Nunca estuviste solo" están personas que han muerto pero siguen a tu lado. Cuando estuvo en el programa Colapso le dijo a Jordi que veía a una mujer, creía que era su madre. Jordi le explicó una anécdota preciosa de que cruzaba la Diagonal y sintió que alguien le tiraba para atrás, vino una bicicleta y no le mató, y sintió el perfume de su madre. Dijo que sabía que tenía a su madre detrás.

Una de las cosas preciosas de cuando firma el libro es que la gente le pregunta quién ve y quién no ve. Ha tardado casi 30 o 35 años en admitir que ve protectores porque es algo que cuesta mucho explicar. Decidió escribir una novela, un thriller sobre esto porque hay pocas cosas que la gente sabe.

Cuando te curas de un cáncer pierdes la memoria a largo plazo porque te dan un tratamiento tan fuerte que no recuerda nada que supere los 5 años. Si la gente quiere que le quiera, tiene que estar con él porque alguien que hace 6 años que no ve, dice que no se acuerda de quién es. "Nunca estuviste solo" es la gran verdad. Ni cuando estás solo.

Es una de las novelas que más le ha gustado escribir. Ve a un señor que imagina que es el padre o el abuelo del interlocutor, pero cree que es muy joven. Debe haber perdido al padre hace 6 meses. Le repite algo de un instrumento musical, pero no lo explica bien. Ahí lo deja, no sabe si él tocaba o tenía alguna relación con la música, pero habla de un instrumento musical. Está ahí al lado cuidando y no consiguen que pasen cosas buenas, pero consiguen que no pasen cosas malas.

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