La Trampa de Sentirte Identificado con Todo y No Saber Quién Eres de Verdad (Rodrigo García Platas)
In a Nutshell
La sobrecarga de información actual genera identidades superficiales sin autoconocimiento real, ya que las personas adoptan posturas sobre todo sin observarse internamente. La cosmovisión se forma entre los 3 y 11 años a través de cómo se explican los eventos, no por lo que ocurre; los traumas se exacerban en la adultez porque reactivan esas explicaciones infantiles. El dolor es inevitable en la vida material, pero el sufrimiento surge al evitar enfrentarlo, y sin conquistar la mente se repiten patrones que impiden descubrir quién se es realmente.
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Entre la sensación de que el mundo está creciendo y todo es una carrera y tú también tendrías que estar creciendo, existe una necesidad de hiperidentificarse con algo siempre. Una persona en 1850 recibía a lo largo de toda su vida la cantidad de información que cabe en una revista de 25 páginas. Hoy, cada vez que entramos al baño y abrimos una aplicación, consumimos esa misma cantidad de información. En media hora consumimos lo que una persona hace 200 años consumía a lo largo de toda su vida.
Cada nuevo pedazo de información pide una postura: aquí está la política y los de derecha y los de izquierda, ¿de qué lado estás tú? Aquí está lo que pasa en el fútbol, ¿de qué lado estás tú? Aquí está lo que pensamos psicológicamente, ¿de qué lado estás tú? Aquí está lo que está pasando con el progresismo y el machismo, ¿de qué lado estás tú? Se construye una identidad de cosas que tal vez no importaban ni eran importantes para el crecimiento y desarrollo personal, que no van a solucionar un matrimonio ni van a hacer ser mejor padre. La gente llega a terapia profundamente confundida, con una cantidad de contenido en la cabeza pero con cero autoobservación, porque cuando hay tanto ruido afuera, nunca se detiene a entender cómo se construyó y cómo llegó ahí.
Al retroceder al momento de tener 10, 11, 12 años y ser feliz montando en bicicleta con los amigos, se ve qué fácil era con las cosas más sencillas del mundo. La ignorancia es una bendición porque los terapeutas soñaban con que los pacientes entendieran exactamente quiénes son. Lo que nunca se imaginó es que cuando la gente por fin adquiere todo este lenguaje, va a tener el vacío de entendimiento personal más importante que ha tenido. Ahora todo el mundo habla como terapeuta, pero nadie entiende quién es.
Lo que ocurrió de niño sigue controlando la vida al 100%. La idea de que la infancia es futuro es real. Lo que se haya construido en la infancia va a definir quién se es como adulto. Todos conocemos gente, incluso hermanos que crecieron en la misma casa, viendo las mismas situaciones, yendo a la misma escuela, enfrentando el mismo tipo de conflicto familiar y que resultaron adultos completamente distintos.
Cuando decimos infancia es futuro, no nos referimos a que si se vivió esto de niño, ya se va a convertir en un tipo de adulto. No importa qué se vivió en la infancia, importa cómo se explicó. Ese es el gran secreto. La gente quiere reglas y fórmulas: si a los cinco me pasó esto, ¿cuáles son los tres pasos? No hay respuestas mágicas así en la psicología. No hay un one size fit de que si se vivió esto, entonces todos salen de la misma forma. Todo va a depender de cómo se explicó cada uno.
No nos traumanos, nos trauman las explicaciones que nos damos para no sentir los eventos.
Imaginemos un accidente de tráfico donde la familia muere y se sobrevive. Si se tiene 43 años y se vive algo tan dramático, no se va a hacer un trauma nuevo. Se va a exacerbar un trauma antiguo. Los traumas nacen entre los 3 y los 11 años. Hay varias corrientes psicológicas que dicen que los traumas nacen de los tres a los seis, de los seis a los nueve, o de los seis a los once. Todas son ciertas. La relación de percepción de la realidad, la estructura, la cosmovisión con la que se va a entender al mundo, juzgarse a sí mismo y juzgar a los demás, se forma antes de los 12 años.
Si se vive algo de adulto, no se va a sentir algo nuevo, se va a sentir algo que ya se había sentido y que ahora se exacerbó. Ya creó una semilla y si pasa un evento traumático, se va a detonar. Lo trabajado, lo no trabajado, se vuelve a detonar.
Entre los 3 y los 11, lo que se va viviendo se convierte en las primeras normalizaciones. Se aprende cómo funciona el mundo, cómo se pide amor, si se forma parte o no, si se es importante o no, si se puede pedir un abrazo en casa y se lo dan. Se está entendiendo quién se es, cómo funcionan las relaciones, cómo funciona la escuela, qué se espera en una amistad. Se crea la cosmovisión desde muy pequeño.
Conforme pasan las cosas dolorosas, se empieza a ajustar quién se es para tratar de adaptarse a lo que se aprendió de la realidad. El dolor es obligatorio, el sufrimiento es opcional. A este mundo se viene a que duela. Mientras más se trate de evitar el dolor y menos se quiera enfrentar, más difícil va a ser la vida, más difíciles van a ser las relaciones y más perdido se va a sentir. El camino del dolor es un camino inevitable.
Estamos en el mundo de la materia y el mundo de la materia duele. No importa qué espiritualidad se estudie, esta es la única realidad en la que se tiene que aprender a poner límites, en la que se tiene que aprender a defenderse, en la que las cosas duelen. Pero si se defiende de más, se pierde de sí mismo, se convierte en quien se defendió y nunca se encontró, nunca descubrió quién es, ni para qué nació, ni cuál es el objetivo en la vida. Esta vida es de fricción. Las relaciones son complejas, la adaptación es difícil, la mente es algo que hay que aprender a conquistar y dominar, porque si no, va a dominar toda la vida. La mente debería ser el pasajero en el viaje de la vida, quien va al timón tomando las decisiones.
El cerebro toma decisiones antes de que se crea que las ha tomado. Esto ya está comprobado por las neurociencias. La decisión ya está tomada en la cabeza y la cabeza simplemente está justificando la decisión que ya está traumáticamente tomada.
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