Manu Marlasca: Por Qué el Dinero No Te Salva Cuando la Justicia Decide que Eres Culpable
In a Nutshell
El caso de Jonathan Dick ilustra cómo la riqueza no protege ante indicios sólidos de asesinato, ya que la investigación de los Mossos y el auto judicial se centran en rastros tecnológicos (OCRs, GPS, cámaras) que desmontan coartadas. La tecnología moderna y el exhibicionismo digital hacen casi imposible cometer un crimen perfecto impune, especialmente en disputas familiares por herencias millonarias. La "pena de banquillo" mediática ya condena antes del juicio, independientemente del desenlace judicial.
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El caso de la muerte de Isaac Dick tiene un componente que lo hace especialmente atractivo: el efecto "los ricos también lloran". Si Daniel Sancho no hubiese sido Daniel Sancho, el caso de Tailandia no habría tenido tanto eco mediático. Hubo un suceso muy similar con dos españoles en Tailandia años atrás que no recibió la misma cobertura. La familia Dick reúne todos los componentes: una de las personas más millonarias de España, un hijo descarriado, una herencia incierta y un escenario misterioso como la montaña, que se convierte casi en un personaje más de la trama.
Los Mossos de Esquadra han realizado todo el trabajo posible: todas las pruebas que se podían intentar, todos los informes solicitados y todas las pesquisas necesarias. Sin embargo, se cuestiona si esto será suficiente para quebrantar la presunción de inocencia de Jonathan. El auto recoge siete indicios muy detallados, pero lo que se juzga no es si Jonathan se llevaba bien o mal con su padre, sino lo que ocurrió en esa montaña: si lo tiró o no.
Jonathan cuenta con uno de los cinco penalistas top de España: Cristóbal Martel, abogado de Dani Alves, Shakira, Urdangarín y el caso Nóos. Es un magnífico abogado acostumbrado a procesos penales complejos y a jurados, con el soporte financiero ilimitado de la familia And para contratar peritos privados, criminólogos y pruebas forenses de todo tipo.
La imagen de Jonathan esposado es muy difícil de borrar y forma parte de una narrativa. Esta "pena de banquillo" es una pena anticipada, aunque Jonathan podría ser absuelto o ni siquiera llegar a sentarse en un banquillo. Su imagen engrilletada ya está en Google. Nadie le fotografió entrando en las dependencias judiciales; fue detenido con discreción, pero se toparon con las miserias de la justicia: un edificio tipo casa de vecinos sin posibilidad de sacar a la gente como en otros juzgados.
Una parte de la justicia debe velar por garantizar que no haya esa pena de banquillo. En el caso de Jonathan Andick, no hubo intención por parte de los Mossos de Esquadra de exhibir la pieza de caza. En cambio, se recuerda la detención de Remedios, la asesina de ancianas en Barcelona, que sí fue exhibida tras ser detenida en un bingo.
La jueza mencionó la obsesión por el dinero. Aunque el dinero nunca debería ser motivo para matar, cuando alguien está tan "a las cositas al cuello", se entiende. Los motivos para matar siguen siendo los mismos desde 1988 (cuando el periodista empezó) que en el siglo XV: ambición, celos, sexo, poder y dinero. Estos móviles permanecen inalterables desde los crímenes de la Ilíada y la Odisea. Ulises mata a los amantes de su mujer por venganza; Telémaco ayuda también por venganza.
El dinero es un motor poderosísimo para el crimen y la ambición desmedida. Ha habido ilustres familias que han saldado sus diferencias así. Se menciona el crimen de Dulce Neus en Barcelona: alguien que tenía la vida resuelta decidió tenerla más resuelta aún asesinando a John Villa, su marido. El caso de Jonathan se enmarca en esto. El auto de la jueza está muy bien motivado y llega después de una investigación cuidadosa de los Mossos, que recopilaron testimonios suficientes sobre esa obsesión por el dinero.
Cuando hay un crimen, se pone un foco muy grande sobre los protagonistas. Jonathan tiene una parte oscura que los Mossos han descubierto porque es su obligación, aunque no ha trascendido a la opinión pública. En esas zonas oscuras podría estar la explicación de la obsesión por el dinero que menciona la jueza. La obligación de cualquier investigador en un caso grave es iluminar todos los rincones, porque allí puede estar la clave para desenredar el caso.
El crimen perfecto, entendido como crimen impune, suele deberse a una mala investigación, suerte del asesino o circunstancias de tormenta perfecta. El doctor José Antonio García Andrade, fundador de la psiquiatría forense en España, decía que el único crimen perfecto es el crimen sin historia: el crimen del loco que mata sin motivación ni relación con la víctima. En 2020, durante el confinamiento, Tiago, un brasileño, mató a tres indigentes en el Raval de Barcelona reventándoles la cabeza mientras dormían. Si el crimen hubiera ocurrido hace 20 años, probablemente habría quedado impune, pero las cámaras permitieron seguirlo. Los Mossos realizaron la investigación CASNIT, determinando que el epicentro era la plaza Urquinaona, siguiendo su rastro en el metro tras revisar miles de horas de grabaciones.
Todo deja rastro. En el caso de Jonathan, los OCRs (lectores ópticos de matrículas) en carreteras y calles registraron su coche en los tres días previos a la muerte de su padre. Él dice que solo fue una vez. También está el posicionamiento del teléfono. Cualquier persona que planea un crimen sabe que debe dejar el teléfono en casa o apagarlo, pero los OCRs, las cámaras, el GPS, el teléfono y los relojes inteligentes hacen casi imposible sustraerse a la tecnología. Los fugitivos suelen ser detenidos en su zona de seguridad porque cualquier movimiento deja rastro.
La tecnología también es utilizada por los delincuentes por su exceso de ego. No es el primero ni el segundo ni el tercer delincuente que cae por su exhibicionismo en redes sociales, TikTok o similares.
En este caso, el tema mediático se eleva por la notoriedad de la familia, el dinero de por medio, la presunta mala relación y el hecho de matar a un padre. Matar a un padre o hermano por una disputa económica no es excepcional; se ha visto en más ocasiones, normalmente por un cacho de tierra, una finca o una casa del pueblo. Aquí se habla de muchísimo dinero según el auto de la jueza.
Un porcentaje bastante alto de crímenes se produce en entornos familiares. El crimen más inexplicable es el de una madre que mata a un hijo, porque las madres están biológicamente programadas para protegerlos. Ha surgido el concepto de violencia vicaria: hacer daño a la pareja acabando con la vida de los hijos, que normalmente lo hacen los padres, aunque ha habido casos de mujeres. Matar a un padre o hermano por una disputa económica no es nada excepcional.
Un crimen en el 90% de las ocasiones es un estallido, un chispazo, un momento de visceralidad pura, sin planificación. Si Jonathan Andick planificó la muerte de su padre y estuvo tres días viendo el panorama, sería un escenario terrorífico. Otra posibilidad es que en mitad de la montaña se produjera una discusión y, en ese fragor, Jonathan tirara a su padre. Son dos escenarios muy distintos: uno sería un homicidio difícilmente agravado; el otro sería un asesinato.
Demostrar el asesinato es imposible con las pruebas actuales; ningún jurado ni juez podría calificarlo de asesinato. Jurídicamente tiene un peso muy diferente: un homicidio puede suponer 10-12 años de prisión; un asesinato puede llegar hasta 25 años. Todo convierte a este caso en un bombón para los medios y el público, que se devora estas historias.
Hay personajes secundarios extraordinarios: la actual pareja de Jonathan, una influencer joven que acaban de tener un hijo; la pareja que tenía Isaac Dick en ese momento; y el resto de hermanos, que en algunos medios aparecen haciendo la guerra por la herencia. La primera persona que recibió la llamada de la muerte fue relevante. Desde el caso de Daniel Sancho en Tailandia no había habido otro caso con esa tormenta perfecta.
Cuando llega una noticia así, se siente esa excitación inevitable: "qué bien, venga, vamos al lío". Es inevitable para el periodista que lleva toda la vida cubriendo sucesos. No es regocijarse de la desgracia ajena; la desgracia va a pasar de todas formas. En España nunca ha pasado lo que ocurrió en Brasil con un reportero de sucesos que provocaba los eventos para contarlos. Cuando ocurren estas historias, es como el periodista deportivo que tiene muchas ganas de que el Barça llegue a la final de la Champions.
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