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La Fiebre de la Inmortalidad: El Peligroso Ciclo que Millonarios Siguen Repitiendo #LFDE

Uri SabatAugust 16, 202632m
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La pregunta inicial0:00La pregunta modificada0:31Próspera: La ciudad privada1:00Las tres fiebres históricas2:00Primera fiebre: Steinach y la vasectomía2:31La teoría de Steinach3:31Expansión de la operación4:00Casos notables: Freud y el poeta4:30El efecto placebo5:30El engaño del placebo6:00El caso de Albert Wilson7:00Segunda fiebre: Serge Voronoff y los injertos de mono7:30El problema logístico8:00Promesas y expansión8:30Cultura pop y demanda9:00El descubrimiento de la testosterona10:00La verdad sobre los injertos10:30Tercera fiebre: Alexander Bogdanov y las transfusiones11:30La hipótesis de la sangre12:00El Instituto de Transfusiones12:31El experimento fatal13:30Las últimas palabras14:00La incompatibilidad acumulada14:30El legado del instituto15:00El heredero y el suero15:30Las zonas azules y el fraude16:30La investigación demográfica17:00Los fraudes documentados17:31Okinawa: Los datos oficiales18:00La cuarta fiebre actual19:00Los inversores de Silicon Valley19:30Próspera: La compra del territorio20:00La ley hondureña de 201320:30El funcionamiento de Próspera21:00El producto estrella21:32Otros servicios y reclutamiento22:00La Agencia Mundial Antidopaje22:30La derogación y la demanda23:00El cierre y la situación actual24:00La diferencia de esta fiebre24:01Brian Johnson y la reversión de tratamientos24:30El comportamiento científico de Brian Johnson25:31El error compartido por todas las fiebres26:02La teoría del desordenamiento celular26:31La reprogramación celular y Shinya Yamanaka27:00Resultados en ratones y ensayos clínicos27:30Limitaciones actuales del tratamiento28:30El momento "esta vez es diferente"28:30La comparación histórica de promesas29:31La decisión real en la vida real30:32El verdadero problema: la desigualdad31:30
In a Nutshell

El video afirma que la búsqueda de la inmortalidad ha pasado por tres grandes fracasos históricos (Steinach, Voronoff, Bogdanov) y ahora vive una cuarta fiebre impulsada por multimillonarios de Silicon Valley que invierten miles de millones en terapias no aprobadas, comprando jurisdicciones como Próspera en Honduras para saltarse regulaciones. La lección central es que todos los intentos anteriores se basaron en teorías falsas —desde inyectar testosterona hasta transfusiones de sangre— y que la brecha de longevidad entre ricos y pobres ya supera los 10 años y solo se ampliará si estas tecnologías llegan a funcionar.

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Antes de empezar, se plantea una pregunta fundamental: Imagínate que tienes 80 años, que estás en una cama de hospital y los médicos ya no hablan de curarte, hablan de que no te duela. Un día te ofrecen un frasco con tres datos. Uno, lo que hay dentro podría devolverte a los 20 años. Dos, no está aprobado en ningún país del mundo. Y tres, podría matarte esa misma noche. ¿Te lo bebes? La respuesta afirmativa es inmediata porque se está muriendo igual.

La misma pregunta cambia con nuevos datos: No tienes 80 años, tienes 45 y estás perfectamente sano. Entrenas, duermes bien, la analítica del mes pasado salió perfecta. ¿Te lo beberías entonces? Esto ya no es un experimento mental, existe y tiene dirección postal en Roatán, una isla del Caribe hondureño.

Dentro de esa isla hay una ciudad privada que se llama Próspera. Tiene leyes propias: policía propia, Bitcoin como moneda oficial y para vivir allí se firma un contrato como quien acepta los términos de una aplicación y además se paga una cuota anual. En Próspera hay una clínica que inyecta en el abdomen por $25,000 una terapia genética que ninguna agencia sanitaria del planeta ha aprobado. Se observa un día y se manda para casa. Esta cola está llena de gente sana, gente de 40 y tantos con la analítica perfecta.

Esta cola en Próspera no es la primera ni la segunda. En los últimos 100 años ha habido tres fiebres exactamente iguales a esta. Tres momentos en los que la mejor ciencia de la época anunció que la vejez estaba resuelta. Y tres momentos en los que los hombres más ricos del mundo sacaron la cartera y se pusieron a la cola. Las tres fiebres se equivocaron y las tres dejaron muchos muertos.

Principios del siglo XX. Hay un fisiólogo austriaco, un tal Steinach, que se dedica a experimentar con ratas. Les quita los testículos, se los implanta en otra parte del cuerpo y mide que cambia. Llega a una observación: Los bebés y los ancianos coinciden en una sola cosa. Ninguno de los dos tiene deseo sexual. Su conclusión: la vejez no es un destino, es una avería, una glándula que se apaga y las averías se arreglan.

El testículo hace dos trabajos: fabrica esperma y fabrica hormonas. Si se cierra una de las dos salidas, toda la fábrica se vuelca en la otra. Menos esperma, más hormona y más juventud. ¿Y cómo se cierra la salida? Con una operación que ya existía: cortar y sellar el conducto que saca el esperma del testículo. Básicamente, una vasectomía de solo un lado, 15 minutitos.

El primer operado fue un cochero de mediana edad y según los médicos que lo operaron, salió del quirófano convertido en otra persona. La operación se pone de moda. Primero entre los ricos, después entre los famosos. En Austria pasan por el quirófano 100 maestros y profesores de universidad. Un médico alemán instalado en Estados Unidos llegó a hacerla cientos de veces. El 13% de esos pacientes eran otros médicos. Médicos operando a médicos.

En 1923, con 67 años se opera Sigmund Freud. Freud no iba buscando virilidad, iba buscando tiempo. Él tenía un cáncer de mandíbula que lo estaba destrozando a base de cirugías. Años después lo reconoció él mismo: Aquello no le hizo absolutamente nada.

En 1934 se opera un irlandés de 69 años, premio Nobel de literatura, uno de los grandes poetas del siglo. Estaba convencido de que se le estaban muriendo dos cosas a la vez: la inspiración y la potencia sexual, y de que las dos se podían comprar en un quirófano de Londres.

Hoy sabemos algo que él no supo nunca: Cortar ese conducto no sube la testosterona, no hace nada. La teoría entera del Steinach era falsa. Ese hombre pagó por una operación vacía. Pero salió de la clínica anunciando que vivía una segunda pubertad. Escribió como no escribía en años, se enamoró, publicó algunos de los mejores poemas de su vida y lo contó tantas veces que los periódicos de Dublín le pusieron un mote: el viejo de las glándulas.

El efecto placebo tiene un problema del que casi nunca se habla: No es que engañe al paciente, es que engaña también al médico que lo está mirando. El paciente se siente mejor, el médico lo ve mejorar y los dos salen de la consulta mucho más convencidos que antes. El engaño básicamente se alimenta solo. Algunos médicos cruzaron una línea: Hicieron la operación sin decírsela al paciente. La justificación lógica: Si no sabes que estás operando, no puedes sugestionarte.

Un médico inglés, Albert Wilson, se opera y queda tan convencido del resultado que alquila el auditorio más grande de Londres para contárselo al mundo entero en persona. Anuncia la conferencia, se venden las entradas, pone título "¿Cómo me hicieron 20 años más joven?". El tío murió la noche antes.

París, 1920. Un cirujano ruso instalado en Francia, un tal Serge Voronoff, dirige el laboratorio experimental de la institución científica más prestigiosa del país. Su idea: Si la vejez es una glándula apagada, no la reanimes, cámbiala. Ponle al paciente tejido joven.

Aparece un problema logístico: ¿De dónde sacar glándulas jóvenes? El material humano se acaba enseguida. Llegó a una conclusión: Si no hay tejido humano, usar el del pariente más cercano. Los monos. Julio de 1920. Primer injerto documentado. Una lámina de testículo de mono de unos centímetros de ancho y unos milímetros de grosor cosida directamente dentro del escroto de un hombre.

Las promesas no se quedaban en la cama. Prometía memoria, energía, jornadas más largas, dejar de necesitar gafas. Prometía años. En 1923 presenta sus resultados en el Congreso Internacional de Cirugía en Londres delante de los mejores cirujanos del mundo. No lleva estadísticas, lleva películas: pacientes de 67 años antes y después, y en el después montaban a caballo, remaban, se movían como si alguien les hubiera devuelto 20 años. Anuncia que ya ha operado a más de 40 hombres, casi todos ricos, casi todos importantes, y ninguno está arrepentido.

Su libro se convirtió en un bestseller mundial. Las caricaturas de París dibujando a señores rejuvenecidos con cara de mono. En Brasil le escriben sambas y en las barras de media Europa se pone de moda un cóctel con un nombre que lo dice todo: glándula de mono. Creció tanto la demanda que se quedó sin materia prima. Su solución: una granja privada de monos en la riviera italiana.

En 1935, un laboratorio consigue aislar por fin la testosterona, la hormona, la sustancia exacta que todos estos hombres llevaban 15 años persiguiendo a base de bisturí. La inyectan en animales, no los rejuvenece, no les alarga la vida, no hace nada de lo que Voronoff llevaba una década prometiendo.

Cuando se estudia qué había pasado de verdad dentro de aquellos miles de pacientes, aparece la respuesta: El cuerpo humano no acepta tejido de otra especie. Nunca lo aceptó. Aquellas láminas de glándula no se conectaron jamás a nada. El sistema inmune las rodeó, las encerró en una cápsula de cicatriz y a las pocas semanas ya no eran tejido vivo. Todos estos hombres pagaron fortunas por llevar dentro una cicatriz con forma de esperanza.

Moscú, 1924. El protagonista es Alexander Bogdanov: médico, filósofo, economista, escritor de novelas de ciencia ficción sobre colonias comunistas en Marte y uno de los fundadores del bolchevismo. Durante años, el segundo hombre más influyente del partido, solo Lenin estaba por encima suyo.

Pertenecía a un grupo de pensadores rusos que defendía que la humanidad no solo tiene el deber de curar a los enfermos, tiene el deber de curar la muerte. Él creía haber encontrado el camino, no en las glándulas, en la sangre. Su hipótesis: La sangre de un cuerpo joven metida en un cuerpo viejo lo rejuvenece. Y si el intercambio es mutuo, tu sangre por la mía ganamos los dos. Él lo llamaba, literalmente, hermandad de sangre.

En 1926 el estado le monta en Moscú el primer instituto de transfusiones del mundo. Él lo dirige y elige como sujeto de sus experimentos a sí mismo. Los números documentados son estos: 11 transfusiones, cinco de ellas de 900 ml, casi 1 litro de sangre ajena entrando en su cuerpo una y otra vez. Él decía encontrarse mejor, que se le había dejado de caer el pelo, que aparentaba 10 años menos.

Primavera de 1928, duodécimo intercambio. El donante fue un estudiante de 21 años con malaria y con tuberculosis. Él quería comprobar si con la sangre viajaban también las defensas. Se hace el intercambio completo. A las pocas horas empieza a encontrarse peor de lo que se ha encontrado en toda su vida. No avisa a nadie. Rechaza el tratamiento. Se queda observándose, tomando notas. Sus riñones aguantaron 48 horas.

Sus últimas palabras, según contó un familiar muchos años después, fueron estas: "Hay que hacer lo que hay que hacer. Hay que luchar hasta el final". El estudiante sobrevivió. Los médicos nunca pudieron explicar por qué. Pero lo más fuerte de este caso no es cómo murió, es por qué no lo mató esa transfusión. Los dos tenían sangre compatible. Ese intercambio en sí era seguro. Lo mataron las 11 anteriores.

11 entradas de sangre ajena le habían ido llenando el cuerpo de anticuerpos en silencio durante 4 años hasta pasar un punto sin retorno. Su cuerpo ya atacaba cualquier sangre que entrara, incluso la correcta, incluso la que podía haberle salvado. El hombre que se cambia la sangre para no morir se volvió, a fuerza de intentarlo, incompatible con la sangre de toda la humanidad.

El instituto no cerró, lo heredó otro científico que siguió con la misma línea de trabajo con una diferencia importante: Esta vez no lo pagaba un idealista, lo pagaba Stalin. Según el biólogo que años después documentó todo esto, fue el propio Stalin quien ordenó montarle laboratorios permanentes en Georgia con un encargo muy concreto: Que ese instituto se dedicara a alargar la vida humana.

El heredero desarrolla un suero. En 1938 organiza en Kiev la primera conferencia científica del mundo sobre envejecimiento y la prensa americana lo recoge con un titular: "Mañana puedes ser más joven". Murió en 1946, tenía 65 años. El hombre al que un imperio entero pagó para resolver la vejez no llegó a cumplir 66 años.

Se ha oído hablar de las zonas azules, esos cinco o seis lugares del planeta donde supuestamente la gente no se muere. Una isla griega, un rincón de Cerdeña, Okinawa en Japón. La idea explotó a partir de 2004 y desde entonces ha vendido libros, documentales de plataformas, dietas y una montaña de suplementos.

Un demógrafo australiano se pasó años comprobándolo y lo que encontró no fue que la dieta importara menos de lo que dicen, lo que encontró fue que los centenarios en muchísimos casos no existen. Cuando Europa empezó a medir en serio la esperanza de vida en la tercera edad, la famosa región de Cerdeña quedó en el puesto 51 de 128. La isla griega en el 109. No eran los lugares donde más se vive, estaban en la mitad de abajo de la tabla.

Al revisar los expedientes de los centenarios griegos, su estimación fue esta: Al menos siete de cada 10 estaban muertos y localizables o eran directamente un fraude con la pensión. Más de 9,000 personas cobrando pensión sin estar vivas. El secreto de la eterna juventud resultó ser no comunicar la defunción.

Okinawa es todavía mejor porque el mejor indicador para predecir dónde van a aparecer centenarios registrados en Japón no es la dieta, ni el clima ni la comunidad. Es dónde bombardearon los archivos durante la guerra. Donde ardieron los papeles florecen los récords de longevidad.

La famosa dieta de Okinawa, la de la verdura y la batata que se lleva años viendo en reportajes. Según los datos del propio gobierno japonés, los habitantes de Okinawa son los que menos verdura y menos patata comen de todo Japón y los que tienen el índice de masa corporal más alto del país.

Hoy estamos en la cuarta fiebre y hace que las otras tres parezcan un juego de niños. Solo en 2024 la investigación en longevidad recibió 8,500 millones de dólares en un año. En 2022 nace una empresa con 3,000 millones de dólares de financiación inicial, la biotecnológica mejor financiada de la historia en su arranque. Su gran inversor, Jeff Bezos. Su fichaje como asesor, un Premio Nobel.

El fundador de OpenAI, Sam Altman, puso 180 millones de dólares de su propio bolsillo para arrancar otra empresa. Él solo la ronda entera. Hoy esa empresa vale 1,800 millones y su objetivo cabe en una frase: Añadir 10 años sanos a la vida humana. Peter Thiel y Bezos coinciden invirtiendo en una tercera dedicada a limpiar del cuerpo las células que envejecen. El fundador de Oracle lleva años metiendo dinero en varias más.

Los mismos hombres que se repartieron internet se están repartiendo ahora la vejez. Esa es la cara respetable de la fiebre, la de los comités científicos, los ensayos registrados y los abogados. Y luego está Roatán. Antes de vender la inmortalidad, hay que comprar un sitio donde la ley no llegue.

Año 2013, el Congreso de Honduras aprueba una ley que permite crear zonas especiales dentro del país con algo que hasta entonces no existía: Leyes propias, tribunales propios y policía propia, territorios donde el estado hondureño en la práctica se retira. Se crearon tres. La más grande está en Roatán, una isla turística del Caribe hondureño, se llama Próspera, y la creó en 2017 una sociedad registrada en Delaware, Estados Unidos.

Cuando se llega no se cruza una calle, se cruza una frontera. Hay una garita, guardias y antes de entrar hay que firmar un permiso temporal de acceso que obliga a acatar el código legal de la ciudad mientras se esté dentro. Dentro, Bitcoin es moneda oficial. Los residentes, una mezcla de hondureños y libertarios llegados de medio mundo, firman un contrato social y pagan una cuota anual. No es una metáfora, es una empresa haciendo de país dentro de un país.

¿Y cuál es su producto estrella? Lo que en el resto del planeta es ilegal en Próspera es un menú. Hay una clínica que vende una terapia genética a $25,000 la inyección. La idea es disparar en el cuerpo una proteína que le suelta el freno de mano al crecimiento muscular. Sus fundadores cuentan que la desarrollan en un garaje, que la probaron primero en ratones y que después se la inyectaron ellos mismos.

En la isla, un laboratorio de implantes bajo la piel promete fabricar cyborgs humanos y otro centro ofrece terapias con células madre que en Estados Unidos no han pasado ningún control. ¿Y sabes cómo reclutaba esa clínica a sus voluntarios? El anuncio pedía comprar un NFT para participar en el ensayo y al terminar se pagaba en criptomonedas, básicamente cobayas humanas con entrada de pago.

La Agencia Mundial Antidopaje considera dopaje genético cualquier intento de aumentar esa proteína en un deportista y allí se vende con tarjeta de crédito. Cuando un periodista le preguntó al responsable científico de la clínica por la seguridad de todo esto, el hombre soltó una frase: "No hemos tenido a ninguna persona que expire por recibir la terapia todavía".

En 2022, el Congreso hondureño da marcha atrás y deroga la ley que permitía estas zonas. Dos años después, en 2024, el Tribunal Supremo del país va todavía más lejos: Declara ese marco legal inconstitucional desde su origen, nulo, como si nunca hubiera existido.

Los dueños de Próspera respondieron demandando al Estado de Honduras ante un tribunal internacional de arbitraje. La cifra es una locura: 10,700 millones de dólares. 10,700 millones equivalen aproximadamente a dos tercios del presupuesto anual completo del estado de Honduras, un país de 10 millones de personas con la mitad de su población en la pobreza. Lo que reclaman en buena parte no es dinero que hayan perdido, es el beneficio que esperan ganar en el futuro y ya no van a poder ganar. Después la rebajaron a 1,600 millones, sigue siendo una cantidad que Honduras no tiene.

La respuesta del Estado hondureño fue igual de dramática. En 2024 se salió directamente del organismo internacional que arbitra este tipo de disputas y en octubre de 2025 la alcaldía de Roatán cerró las puertas de la ciudad. El motivo: casi medio millón de dólares en impuestos sin pagar. El alcalde de la isla sobre los dueños de la ciudad privada dijo esto: "Lo reconozco como malos inversionistas".

Próspera sigue allí, pese a la derogación, pese a la sentencia de inconstitucionalidad, pese al cierre. En 2026 sigue creciendo, ha sumado nuevo terreno y ya controla más de 3,000 m², cosa que es cerca del 4% de toda la isla.

Esta cuarta fiebre es distinta. Esta vez no han comprado un tratamiento, han comprado el territorio, han comprado el sitio donde el tratamiento es legal. Lo que hace falta para vender juventud sin permiso no es un laboratorio mejor, es una jurisdicción donde nadie te lo pueda prohibir. Y la factura de ese experimento no la está pagando ningún millonario de Silicon Valley, la está pagando un país entero del Caribe.

Uno de los clientes que voló hasta Roatán a ponerse la inyección es probablemente el hombre más famoso del mundo en todo esto: un millonario tecnológico que se gasta más de 2 millones de dólares al año en no envejecer, más de 100 pastillas al día y cada hora de su vida medida. Es el de aquella noticia que se trasfundió plasma de su hijo adolescente y le pasó el suyo a su padre. Tres generaciones de una familia intercambiándose la sangre en la misma generación. Este hombre dejó las seis sesiones de plasma después de mirar sus propios datos y ver que no mejoraban nada, abandonándolo públicamente. También dejó la hormona del crecimiento cuando le disparó otros marcadores. Este mismo año ha dejado un fármaco que llevaba 5 años tomando y defendiendo porque los efectos secundarios ya no le compensaban.

De todos los personajes de esta historia, los cirujanos eminentes, los institutos estatales, los imperios, las ciudades privadas, el que se comporta de la forma más parecida a un científico de verdad es el friky de internet del que todo el mundo se ríe, Brian Johnson, porque es el único de la lista que cuando los datos le dijeron que no soltó.

Todas las fiebres que se han contado compartían un mismo error, uno solo, el mismo desde 1920: todos creían que envejecer es desgastarse, que el cuerpo es una máquina que se va desgastando y que la solución es ir reponiendo las piezas. Una glándula nueva, sangre nueva, hormonas nuevas.

La idea que está ahora encima de la mesa dice otra cosa: envejecer no es desgastarse, es básicamente desordenarse. Todas las células llevan el mismo ADN, el mismo manual completo, pero una célula del ojo y una del hígado hacen cosas distintas porque cada una lee solo su capítulo. Lo que le dice a cada célula qué capítulo le toca son unas marcas químicas colocadas encima del ADN como pestañas de un libro. Con los años, esas pestañas se van moviendo de un sitio a otro, se desordenan. La célula empieza a leer párrafos que no son suyos y poco a poco deja de saber quién es. Según esta teoría, la información no se borra, sino que se va desordenando. En algún lugar de cada célula existe todavía hoy la copia de seguridad de la versión joven.

La pregunta ya no es cómo reponemos lo que ha estado, sino cómo le decimos a la célula que restaure su copia de seguridad. Hay una respuesta y le dieron el premio Nobel. Un investigador japonés, Shinya Yamanaka, descubrió que activando solo cuatro genes, una célula adulta vuelve a su estado original de fábrica. El problema es el cuarto gen: si se pasa de frenada puede provocar tumores y cosas malas en el organismo. La jugada es usar solo tres, quitar el peligroso, rejuvenecer la célula sin que olvide quién es.

En ratones esto ya ha cruzado una línea que hace 20 años era ciencia ficción: ratones ciegos han recuperado la vista. Este mismo año ha empezado el primer ensayo clínico de esa tecnología en seres humanos para una enfermedad concreta del ojo. Hay una persona en algún lugar del mundo que ya lleva esta terapia dentro. Es la primera persona. Cuando el científico que dirige el ensayo, David Sinclair, se lo contó a Joe Rogan hace unas semanas, a Rogan solo le salió una frase: "Esto suena al principio de una película de terror."

Es un ensayo de seguridad para una enfermedad de los ojos en un puñado de personas. No es una pastilla de la eterna juventud, no está a la venta, no se va a poder comprar el año que viene ni probablemente en muchos años. La empresa de los 3.000 millones de dólares todavía no ha publicado ni un solo dato de longevidad en primates.

Cada uno de los hombres de este vídeo también tuvo su momento exacto de "esta vez es diferente". Un inmunólogo de uno de los laboratorios de genómica más importantes de Estados Unidos dijo en una entrevista: "No te mueras en los próximos 10 años. Si vives 10 años, vas a vivir otros cinco. Si vives 15, vas a vivir otros 50. Porque vamos a resolver el envejecimiento." Su argumento no es la biología, es básicamente la velocidad: la inteligencia artificial está acelerando la medicina como nunca en la historia y cada año que se aguante vivo acerca a tratamientos que hoy todavía no existen.

Cuando un premio Nobel dijo algo parecido -que la IA podría ayudar a curar todas las enfermedades en 5 o 10 años-, buena parte de los biólogos del envejecimiento lo tacharon de fantasía. Dicen que faltan datos y que los ensayos clínicos van demasiado lentos para esos plazos. La frase "Mañana puedes ser más joven" es de 1946. "Aguanta 10 años y ganarás 50" es de 2026. 80 años de diferencia, la misma promesa.

La pregunta de verdad es: tienes 45 años, estás sano, tienes hijos o piensas tenerlos y alguien te enseña una cosa que igual te regala 20 años o igual te los quita, que no ha probado a nadie, que hay que ir a buscarla a Roatán y que cuesta lo que te podría costar un coche. Una parte piensa en el poeta feliz y engañado con su segunda pubertad, en el médico inglés que se murió la víspera de contarle al mundo lo joven que era, en el bolchevique fabricándose la muerte a transfusiones. 100 años de gente listísima comprando carísima una cosa que era mentira. Pero hay otra parte que recuerda que en 1920, la idea de sacarle el corazón a un muerto y ponérselo a un vivo sonaba tan ridícula como el frasco. Hoy se hacen miles de trasplantes al año y no le parecen a nadie un milagro. La distancia entre una promesa ridícula y una tecnología normal casi siempre es la misma: unas décadas y un cementerio de intentos de por medio.

El verdadero problema no es científico. Cuando el dinero quiere algo que la ley no le da, no cambia de idea, cambia de país, de jurisdicción y lo encuentra. Hoy entre los que más tienen y los que menos, ya hay más de 10 años de diferencia en esperanza de vida. 10 años por la cuna. Si algo de esta cuarta fiebre llega a funcionar de verdad, lo primero que va a hacer no es alargar la vida, es ensanchar esa grieta. Habremos convertido en un producto de pago la única cosa que hasta ahora nos igualaba a todos.

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