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Tuvo que Aprender a Respirar, Tragar y Ponerse en Pie con 25 Años (Carla Maronda)

Uri SabatJune 23, 202620m
In a Nutshell

A los 25 años, Carla Maronda contrajo una sepsis por Staphylococcus aureus tras una operación menor y sufrió fallo multiorgánico con varias paradas cardiorrespiratorias. Los médicos la consideraron perdida, pero tras ajustar el tratamiento antibiótico sobrevivió y despertó de un coma de 10-12 días. La infección le provocó una pérdida total de musculatura, obligándola a reaprender funciones básicas como respirar, tragar y caminar.

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A los 25 años, Carla era una joven residente entre Sativa y Valencia. Practicaba crossfit, estudiaba dos másteres, montaba a caballo desde los 8 años y trabajaba los fines de semana en un pub. Le gustaba viajar, esquiar y pasar tiempo con sus amigas. Llevaba una vida normal de estudiante con inquietudes y planes de futuro.

El 23 de marzo se sometió a una intervención quirúrgica ambulatoria para extirpar lo que se creía que era un ganglio en la pierna. El bulto le molestaba al montar a caballo y al despertarse por las mañanas. Durante la operación descubrieron que en realidad era un quiste más grande de lo esperado y muy pegado al hueso.

Tras la intervención, que le dejaron seis puntos, Carla salió por la mañana. Esa misma noche asistió a un concierto de Funce y Baby Loud junto a su novio y una pareja de amigos, utilizando muletas por precaución.

Durante el concierto empezó a sentirse rara, aunque no grave. Después de cenar una hamburguesa, al llegar a casa atribuyó las molestias estomacales a su intolerancia a la lactosa. A la mañana siguiente vomitó. Su padre pensó que le había sentado mal la comida. No presentaba dolor en la cicatriz ni en la zona operada.

A lo largo del día fue empeorando con vómitos y malestar general. Su padre llamó a su madre antes de irse a trabajar. Una amiga recomendó llevarla al centro de salud. Allí vomitó delante de la médica, quien, al conocer la reciente intervención quirúrgica, ordenó trasladarla al hospital por protocolo.

Carla se resistió inicialmente, minimizando los síntomas y atribuyéndolos a una gastroenteritis o a la lactosa. Tras varias horas de analíticas y goteros sin encontrar nada evidente, le dieron el alta con indicación de volver si empeoraba.

Al llegar a casa, el dolor de estómago aumentó y no pudo cenar. La fiebre subió bruscamente hasta 40 °C. Sufrió vómitos intensos, diarrea y deshidratación. Esa noche del 24 al 25 de marzo fue especialmente grave.

Contrajo una infección por Staphylococcus aureus (estafilococo dorado), probablemente durante o después de la operación. La bacteria liberó toxinas que provocaron sepsis y fallo multiorgánico. Las probabilidades de supervivencia eran prácticamente nulas (estimadas entre 5 % y 10 %).

De no haber regresado al hospital la noche del 25 de marzo, habría fallecido en pocas horas por colapso de órganos, descrito como una "muerte dulce".

Los síntomas incluyen pigmentación rojiza de la piel (similar a una quemadura solar intensa con puntos), sudores fríos y fiebre. El 25 de marzo por la mañana, tras ser llevada de nuevo al hospital en silla de ruedas, Carla se desmayó al entrar. La ingresaron directamente en una sala de estabilización.

Le colocaron goteros, sonda vesical y gafas nasales de oxígeno. La hinchazón era notable y refería picor en los ojos y malestar general. Inicialmente pensaron en una infección urinaria grave.

Hacia las 19:00 la avisaron de que ingresaría en la UCI para mayor control. A las 3:00 de la madrugada comunicó que no podía respirar. La intubaron y sufrió su primera parada cardiorrespiratoria. Llamaron a toda la familia. Tuvo entre tres y cuatro paradas adicionales ese día.

Recibió más de cinco antibióticos simultáneamente y adrenalina para mantener la función cardíaca. Los médicos informaron que la medicina había llegado al límite y que dependería de su voluntad de vivir y de la resistencia de su cuerpo.

Tras identificar la cepa de Staphylococcus aureus, ajustaron el tratamiento antibiótico. Al quinto día comunicaron a los padres que el cuerpo había empezado a revertir la situación y que existía una posibilidad de recuperación.

Su padre reaccionó con incredulidad y rabia; al salir de la UCI comunicó al grupo de más de 40 personas que esperaban que se olvidaran de Carla porque "se va". Su madre mantuvo la fe y templanza, convencida de que saldría adelante.

Su mejor amiga se enfadó. Su novio comenzó a escribir un diario para comunicarse con ella. Cada persona procesó la situación de forma distinta: algunos lloraron, otros la riñeron, algunos no pudieron entrar.

Carla despertó tras 10-12 días de coma inducido, todavía intubada y sin poder hablar. Había perdido toda la musculatura por la inmovilidad y por el esfuerzo del cuerpo para sobrevivir. No podía realizar movimientos básicos.

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