Perder las Manos y los Pies por una Bacteria: Cómo sobrevivió a la muerte #LFDE
In a Nutshell
Carla Maronda sobrevivió a una sepsis por Estafilococo aureus tras una operación de quiste que le provocó fallo multiorgánico y la amputación de sus cuatro extremidades. Tras un coma, intubación, paradas cardiorrespiratorias y tres meses de hospital, decidió rechazar el trasplante de manos por sus riesgos y apostó por prótesis biónicas para recuperar su vida anterior. Su historia transmite que la mente y la disciplina permiten adaptarse a cualquier adversidad y que valorar la salud y las pequeñas cosas es lo único que importa.
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El 23 de marzo Carla se sometió a una operación quirúrgica rutinaria para extirpar lo que se creía que era un ganglio. Contrajo una bacteria a raíz de la operación que expulsaba toxinas provocando una sepsis. El 28 de mayo de 2024 le amputaron las cuatro extremidades. Dos días antes de la amputación no le pasaba nada y dos días después estaba al borde de la muerte.
Los médicos tuvieron que decidir entre salvar la vida del paciente o que murieran otras partes del cuerpo. Un cirujano se acercó a los pies de Carla y le dijo: "Los pies se van fuera". La situación fue muy complicada y una de las peores que vivirá en su vida.
Todo el mundo que vea y escuche la historia agradecerá la vida, agradecerá las cosas y pondrá en una balanza lo importante. Los seres humanos tienden a pensar que merecen todo y al final valorar las pequeñas cosas y valorar la vida es la clave.
Carla Maronda acude al podcast tras un día ajetreado en Barcelona donde asistió a un congreso de prótesis y médicos rehabilitadores de protésicos. El podcast busca sanar la curiosidad por vivir mejor, inspirar a las personas y ayudar.
El libro de Carla se titula "El día que volví a abrir los ojos". Tiene una parte metafórica que representa su segunda vida y la parte literal de cuando despertó del coma. Para ella ha sido literalmente volver a nacer.
Carla tenía 25 años, hacía crossfit, estudiaba dos másteres en Valencia, montaba caballo desde los 8 años, trabajaba los fines de semana en un pub, le gustaba estar con amigas, viajar y esquiar. Vivía entre Sátiva y Valencia.
Entró por la mañana y salió por la mañana en una operación ambulatoria para extirpar un supuesto ganglio que le molestaba al montar a caballo. Al abrirla descubrieron que era un quiste más grande de lo esperado y muy pegado al hueso. Esa misma noche asistió a un concierto de Funce y Baby Loud con una pareja de amigos y su novio.
En el concierto empezó a encontrarse rara. Después fueron a cenar hamburguesa. Carla es intolerante a la lactosa. Al llegar a casa comenzó a encontrarse mal del estómago. Por la mañana siguiente empezó a vomitar. Su padre pensó que le había sentado mal algo. No le dolía la cicatriz ni la operación, solo tenía molestias estomacales.
Su padre llamó a su madre para que la atendiera. Una amiga recomendó llevarla al centro de salud. Vomitó delante de la médico. La médica indicó que tras una intervención quirúrgica debía ir al hospital. Carla se resistió inicialmente pensando que era solo la lactosa. Estuvieron horas en el hospital haciéndose analíticas y poniéndole goteros sin encontrar nada. Le dieron el alta pero indicaron que si empeoraba volviera.
Al llegar a casa intentó cenar pero le dolía mucho el estómago. Le subió muchísimo la fiebre. La metieron en la ducha y le bajó temporalmente. Esa noche tuvo muchísimos vómitos, mucha diarrea y 40 grados de fiebre. Su cuerpo estaba colapsando.
Contrajo una bacteria a raíz de la operación, aunque no se sabe si fue en quirófano o fuera. La bacteria expulsaba toxinas que provocaron una sepsis y a su vez un fallo multiorgánico. Si no la hubieran llevado al hospital la noche del 25 de marzo habría tenido una muerte dulce en dos horas.
Las posibilidades de sobrevivir a algo así eran mínimas. En su caso prácticamente eran nulas, entre un 5% y un 10%. La sepsis da la cara con pigmentación roja de la piel como si te hubieses quemado en la playa, a puntitos, sudores fríos y fiebre.
Al despertar por la mañana su pareja vio que estaba muy débil, deshidratada y sin fuerzas. Su madre la llevó al hospital en silla de ruedas. Entrando por la puerta dijo que se iba a desmayar. La metieron directamente en una sala para estabilizarla. Le pusieron goteros, sonda de pipí y sonda para respirar. Se estaba hinchando y le picaban muchísimo los ojos.
En un primer momento pensaron que era una infección de orina muy grande. Sobre las 7 de la tarde le dijeron que se iba a quedar ingresada y luego la bajaron a la UCI para tenerla más controlada. En ese momento no le dio mucha importancia porque estaba agotada. Tenía más de 40 personas esperando para verla y despedirse de ella.
Era una persona nerviosa y hablaba mucho con el personal sanitario. Le quitaron el móvil para que no se desestabilizara. Envió un mensaje a su novio: "Te amo, adiós". A las 3 de la mañana le dijo a la médico que no podía respirar más. Le pusieron gafas nasales al máximo y no daban más de sí.
El anestesista la intubó y tuvo la primera parada cardiorrespiratoria. Tuvieron que llamar a toda su familia. Su padre estaba de viaje y le avisaron a las 5 de la mañana. Ese día tuvo tres o cuatro paradas cardiorrespiratorias más. Llevaba más de cinco antibióticos a la vez. En un momento les dijeron que la medicina llegaba hasta ahí y que viviría si quería vivir.
Encontraron que era una bacteria: Estafilococo aureus. Es una bacteria que puede estar en cualquier sitio, a veces en la piel y otras en quirófano. Entró en el torrente sanguíneo y empezó a expulsar toxinas. El tratamiento incluyó más de cinco antibióticos y noradrenalina para mantener el corazón.
Su padre tenía rabia y no se lo llegaba a creer. Salió cabreadísimo diciendo que se olvidaran de Carla porque se iba. Su madre tuvo más templanza y dijo que tenía fe y que Carla iba a salir. Para la familia ya era un duelo porque la estaban perdiendo. Su mejor amiga se enfadó con ella. Su novio empezó a escribir un diario para comunicarse con ella.
Despertó a los 10-12 días de un coma inducido, todavía intubada, sin poder hablar y sin poder mover ni los dedos. Había perdido toda la musculatura entre estar encamada y la lucha de su cuerpo por estar vivo. Entró al hospital con unos 50 kilos y despertó con 80 y pico kilos por el líquido retenido.
Parecía un orco. Tenía los ojos completamente rojos porque se le derramaron. Le hicieron trencitas. La nariz se le había necrosado. Parecía Frankenstein.
La noradrenalina retira el oxígeno y la sangre de las zonas distales del cuerpo para inyectarla en los órganos principales: pulmones, riñones, corazón, hígado y cerebro. Esto salva el corazón a costa de los dedos. Los médicos deben centrarse en salvar la vida y el resto ya se verá después.
Estuvo un mes en la UCI donde limpiaron su sangre, sus riñones y verificaron que no tuviera otras secuelas. Uno de los pulmones se le había quedado encharcado. Querían hacerle una traqueotomía pero ella se negó porque su abuelo tuvo cáncer de garganta y no quería tener un agujero irreversible en la garganta.
Carla rechazó someterse a una traqueotomía moviendo la cabeza, a pesar de que los médicos le explicaron que posteriormente se cerraría y dejaría una cicatriz. En ese momento no quería más cicatrices en el cuerpo. Los médicos aceptaron su decisión y le indicaron que tendría que respirar por sus propios medios.
Comenzaron a reducir gradualmente el oxígeno del tubo hasta llegar a cero. Le quitaron la válvula del tubo en la boca y Carla tuvo que respirar sola. Mientras que una persona normal aguanta entre 15 y 20 minutos, ella resistió 2 horas y media mareada, sintiendo que literalmente se quería morir. Respirar en ese estado equivalía a correr tres maratones seguidas. Se repetía mentalmente que no podía dormirse porque pensaba que se ahogaría.
Tras 2 horas y 20 minutos aproximadamente, los médicos confirmaron que su cuerpo respondía bien y le volvieron a colocar la válvula. Repitieron el proceso durante la tarde y al día siguiente, y al verificar que respondía correctamente, le retiraron definitivamente el tubo. Carla temía ahogarse o vomitar durante el proceso, y no podía expresar sus miedos porque estaba intubada y no podía hablar. Los médicos le indicaron que debía permanecer despierta durante la extracción.
La mente busca sobrevivir independientemente de si la persona es feliz o no. El cerebro está diseñado para encontrar soluciones al problema que se enfrenta. En situaciones difíciles, la mente tiende a pensar en lo peor para anticiparse y evitar que ocurra. Carla mantenía el optimismo mientras intentaba controlar el miedo para que no dominara su situación.
Sin poder comunicarse directamente con los expertos, solo podía escuchar, retener información y confiar. Cada pequeño logro se convertía en una victoria enorme: no necesitar la diálisis continua, que le desencharcaran el pulmón, que le quitaran el catéter. Estos avances representaban escalones que se iban superando.
Una vez que pudo tragar y hablar, Carla consideraba que había ganado la batalla contra la sepsis (Carla 1, sepsis 0). Sin embargo, sus manos y pies seguían vendados porque el cuerpo expulsaba toxinas, heces y orina a través de la piel cuando los demás sistemas fallaban, generando úlceras cutáneas.
Las manos y pies permanecían vendados y se le realizaban curas diarias. Los médicos colocaban un paño delante de su cara durante las curas para evitar que viera el estado de sus extremidades y dejara de luchar. Carla sabía que se había dormido con el móvil en las manos y que las movía bien, aunque notaba un leve cosquilleo y las sentía muy rígidas.
Fue operada del quiste el 23 de marzo de 2024. La conversación sobre el estado de sus manos y pies ocurrió alrededor del 9 o 10 de abril de 2024, aproximadamente un mes después de la cirugía inicial.
Los médicos explicaron mediante una metáfora que cuando un bosque se quema, algunas partes se recuperan y otras nunca más vuelven a tener flora. El cuerpo de Carla había sido como un bosque incendiado, más muerta que viva, y tendría secuelas en un 100% de los casos, aunque no sabían cuáles serían.
Inicialmente Carla se mostró muy alterada, llegando a decir que si le quitaban un dedo se moriría. Posteriormente relativizó la situación: había salvado el pulmón, recuperado el bazo (que le dijeron que se iba), ya no llevaba diálisis constante, los riñones se estaban recuperando porque la orina estaba más clara, y no le habían realizado la traqueotomía.
Una psicóloga le propuso una terapia de visualización: imaginar las venas abriéndose, visualizar las manos y pies, imaginar cómo corría la sangre. Carla se enfocó en trabajar para salvar sus extremidades.
La experiencia lleva a agradecer la vida y poner en perspectiva lo importante. El ser humano tiende a pensar que merece todo y es inconformista. Hay que valorar las pequeñas cosas: ducharse en casa, tener a los padres, abrazarlos, tener pareja, amistades, carrera, estudios o trabajo que permita vivir, y especialmente la salud.
Carla recuerda la experiencia de su tío, al que le amputaron una pierna. Era un señor mayor que murió de viejo. En sus últimos momentos, ella pensaba qué daría su tío por cambiarse por ella en ese momento. Reflexiona sobre cuánto dinero pagaría una persona postrada en una cama de hospital por tener los problemas que ella tenía entonces.
Durante su primera maratón, Carla llegó al kilómetro 30, conocido como "el muro", donde la cabeza dice al cuerpo que pare porque todo duele. Literalmente duele todo, pero la mente dice parar mientras el cuerpo siempre puede más. En ese momento lloraba, hecho polvo, y bioquímicamente su cuerpo generaba sensaciones de que se iba a hacer daño.
Carla se giró y vio a un hombre con las dos piernas amputadas corriendo con prótesis tipo ballesta. Pensó: "¿Estás pensando en abandonar? Este tío está a tu lado haciendo esto y tú lo puedes hacer con tus piernas". Ese momento quedó grabado en su retina para toda la vida, sirviéndole de recordatorio cuando se queja de algo, porque hay alguien que lo hace con mucha más dificultad.
Los médicos de Xàtiva indicaron que no eran especialistas en el tema y que su vida ya no corría peligro. Carla salió de la UCI con miedos, sintiéndose arropada por el personal sanitario. En la UCI se sentía acogida y querida; su familia podía visitarla fuera de horario porque sabían que estaba muy despierta. Escuchaba a gente morirse y tenía una discusión interna: quería salir pero también le daba miedo avanzar sin el personal que la cuidaba 24/7.
Finalmente pudieron más las ganas de seguir adelante. Salió de la UCI entre aplausos del personal formando un pasillo, llorando como una magdalena. Le lavaban el pelo por las noches cuando se iban las visitas, le ponían música para animarla y le ponían series.
El personal sanitario realizaba gestos como lavarle el pelo, ponerle música o esperarse a que se fueran los familiares para darle de comer. Estos detalles representan muestras de cariño muy grandes cuando una persona está pasando una situación grave, complicada y dolorosa, lejos de su familia y de su casa. En momentos de fragilidad, una pequeña sonrisa o un gesto es un mundo y ayuda enormemente.
Carla menciona que da charlas y conferencias a personas que se profesionalizan en medicina, terapia ocupacional, fisioterapia o enfermería. Siempre dice lo mismo: que sea vocacional porque no es fácil, se ven muchas cosas, y que den lo mejor de sí mismos porque para ellos es una persona más un día más, pero para esa persona ese día es muy importante. Puede ser el único rostro que ve, la única sonrisa que recibe o el único cariño que obtiene.
La médica que la atendió de guardia llevaba 24 horas trabajando y lo hizo todo perfecto para mantenerla con vida. Los médicos de la UCI realizaron un trabajo impecable e impoluto. Carla menciona el libro "El día que volví a abrir los ojos" y el capítulo 12 titulado "Aprender a vivir sin anestesia".
Carla estuvo un mes en UCI y un mes en planta. El 28 de mayo de 2024 le amputaron las cuatro extremidades. Al salir del hospital tras tres meses hospitalizada, enfrentó la realidad que no se ve: el dolor, aprender a vivir sin los médicos que la visitaban 24 horas, sin el personal sanitario que sabía cómo hacer las cosas, viviendo con su familia que no son sanitarios y no saben cómo hacer curas o llevarla al baño.
Llegó a casa con muchísimo dolor físico y psicológico. Ni siquiera podía darse la vuelta sola en la cama y necesitaba ayuda para absolutamente todo. Tras 25 años viéndose en un espejo, se enfrentó a una realidad a la que no estaba acostumbrada. El sofá la absorbía y no podía levantarse sin ayuda. Considera que llegar a casa y enfrentarse a la realidad y al dolor fuera del hospital fue una de las peores situaciones que ha vivido.
La primera vez que le comunicaron la amputación fue en el Hospital General de Valencia. La ambulancia llegó mal, no la pasaron de la camilla a una cama de hospital. Entraron entre 15 y 20 personas: el cirujano vascular, el cirujano plástico y residentes o personal en prácticas. Uno de los cirujanos se acercó a sus pies y le dijo: "Los pies se van fuera". Carla tragó saliva e intentó relativizar: con los pies no corría maratones, no escalaba montañas, no hacía crossfit, aunque llevaba uno o dos años practicándolo, y montaba a caballo pero no necesitaba mucho los pies.
Cuando preguntó qué iba a pasar con las manos, el médico respondió: "Tú no tienes manos, tus manos están muertas". Carla comenzó a gritar y llorar diciendo que no. Su padre preguntó si le habían hecho un ecógrafo y el médico respondió que no hacía falta. Dijo que él podía equivocarse pero que 20 médicos no podían equivocarse. Su padre señaló que sabía quién era porque era el único que había abierto la boca, los demás ni saludaron ni se presentaron.
El padre de Carla dijo que iban a ver más opciones y que aunque esa fuese la opción definitiva, no volverían al hospital. Dos auxiliares se portaron bien y la apoyaron intentando calmarla. Para irse a casa los dejaron en una sala cristalada al sol al menos 2 horas hasta que llegó la ambulancia. Los celadores estaban en un cuartito cerrados con llave, llamaban y no abrían, y los escuchaban reír y hablar. Carla regresó al hospital de Xàtiva como a un refugio.
En Xàtiva los médicos intentaron quitarle de la cabeza la idea del trasplante de manos. Cuando le mencionaron la posibilidad, Carla pensó inmediatamente en aceptar manos de quien fuera. Llevaba tres meses con el móvil apagado y ese mismo día le dijo a su padre que encendiera el móvil porque la decisión estaba tomada. No había querido formar parte del mundo hasta tomar una decisión clara.
Los médicos intentaron disuadirla por los inmunosupresores. Esta medicación impide que el cuerpo rechace los órganos. Para órganos internos la dosis ya es muy elevada, pero para órganos externos es todavía más alta. Las posibilidades de rechazo son muy altas. Además, los inmunosupresores bajan las defensas, por lo que cualquier catarro o infección puede afectar muchísimo más e incluso ser fatal.
El médico que iba a realizar el trasplante no le mintió: le dijo que si salía bien tendría manos, si salía regular se las quitarían, y si salía mal moriría. Carla lo tenía decidido porque sentía que su vida estaba tan muerta y vacía que no tenía sentido, y no estaba apostando
Tras perderlo todo, Carla decidió apostar por la única mano de cartas que le quedaba: sobrevivir y recuperar su vida lo más parecida posible a la anterior. Su objetivo era terminar sus estudios, seguir montando a caballo y trabajar como abogada, costara lo que costara. Sin embargo, sus padres, aconsejados por el equipo médico, decidieron que no iría a la Fe y que la amputación era inevitable. Su médico de planta, Edu, le comunicó que ya no había más que hacer en el hospital actual y que solicitarían habitación en La Fe para proceder con las amputaciones.
El 26 de mayo fue trasladada al Hospital La Fe. Allí la atendió un equipo completo de médicos vasculares, cirujanos plásticos y fisios. Carla solo necesitaba información sobre prótesis, ya que existía un desconocimiento total sobre cómo serían, cuánto costarían, qué movilidad ofrecerían o su aspecto estético. El equipo le transmitió que, siendo joven, fuerte y deportista, se adaptaría y llegaría donde quisiera, aunque no podían garantizar resultados específicos.
Su objetivo principal era volver a subir a un caballo. Fue amputada el 28 de mayo. La operación, prevista para 8 horas, duró solo 4 y no necesitó pasar la noche en UCI. Salió de quirófano con los muñones largos y en un estado anímico muy elevado, sintiéndose invencible.
Estuvo tres semanas en La Fe con el dolor controlado. Durante la primera cura, el cirujano Alberto le preguntó si quería mirarse y ella respondió afirmativamente, explicando que necesitaba conocerse y aceptarse. El médico se sorprendió porque nadie suele mirarse el primer día. Al verse, sintió pena por sí misma, pero pronto bromeó sobre la calidad de los muñones y quién los había operado mejor.
Al volver a casa en junio, tras cruzar la puerta y ver a su pastor alemán después de tres meses, lloró de alegría, miedo y tristeza. Sin embargo, la realidad cambió 180 grados. Llevaba 70 puntos en cada pierna y 30 en cada brazo, por lo que no podía ducharse sola, darse la vuelta en la cama, encender la televisión, usar el móvil ni realizar ninguna actividad básica sin ayuda. Se sintió como un bebé recién nacido en el cuerpo y mente de una persona de 25 años.
Carla, persona de mucho carácter, sintió rabia, ira, frustración y tristeza. Contestaba mal, gritaba y no sabía cómo expresar lo que sentía de otra forma. No podía ni enviar un mensaje sin que la otra persona viera lo que escribía, ni ir al baño sin pedir ayuda. En agosto reconoció que no tenía las herramientas para gestionar la situación y pidió ayuda psicológica, la mejor decisión que tomó.
Se dio cuenta de que su familia y amigos cercanos también estaban sufriendo. Fue especialmente dura con sus padres, amigas cercanas y su novio, las personas que estaban con ella 24/7. Su pareja lo vivió mal: tras tres meses de hospital, necesitaba hacer planes, salir a restaurantes y mostrar afecto, mientras ella necesitaba estar comprimida para no gritar ni llorar. Eran dos formas distintas de vivir la misma situación.
La ayuda psicológica le permitió entender que los demás también tenían problemas cotidianos y que ella no podía olvidarse de ser buena amiga, buena hija y buena novia. Reconoció que su situación grave no le daba permiso para dejar de ser red de apoyo para quienes la apoyaban. También mencionó que la gente intentaba ayudar sin saber cómo, lo que resultaba agobiante y frustrante.
Carla ya era una persona fuerte antes de la amputación, pero descubrió hasta qué punto. Considera que cada persona es como es, pero que todo se trabaja con disciplina y esfuerzo. Esa disciplina es lo que permite aprender a utilizar el nuevo cuerpo.
Tras quitar los puntos, cicatrizar la piel, realizar masajes y desensibilizar los muñones, se colocaron vendajes de compresión. Una vez aceptados, tomaron medidas para empezar la protetización. Para las piernas preguntaron qué pie usaba y su altura para intentar reproducir su cuerpo original. El músculo que perdió por la inmovilidad se recuperó rápido gracias a su historial deportivo.
Cada pierna pesa 3 kg y cada mano 1 kg y pico. Vive en un sexto y cuando el ascensor no funcionaba subió a pie tres días seguidos. El primer día fue bien, pero al final de la jornada el peso acumulado cansa mucho. El cuerpo debe prepararse porque "va a ser tu vida".
El primer intento de caminar fue doloroso y frustrante. No tenía equilibrio y se sentía como un pato mareado. Los muñones quedaron en punta por la reducción de hinchazón, lo que provocaba dolor al apoyar. Tuvo que volver a quirófano para una remodelación de muñones. Sufre síndrome del miembro fantasma, aunque de forma leve: pinchazos y calambrazos que se pueden convivir.
Las piernas iniciales tenían pies de fibra de carbono básicos. Las actuales son regulables para poder usar zapatillas de distintas alturas, sandalias o calzado deportivo. El proceso de las manos fue más complejo: primero probó un brazo de dos sensores con mano de pinza (solo abre y cierra), luego uno de cuatro electrodos que permite abrir, cerrar y girar en ambos sentidos mediante impulsos nerviosos.
En agosto tenía que ser testigo en la boda de unos amigos y firmar. Como todavía no se había aceptado, pidió prótesis estéticas hiperrealistas que le permitieron reducir los muñones, acostumbrarse al peso y firmar sin mostrar los muñones.
Los avances médicos permitieron su supervivencia; hace 15-20 años probablemente el desenlace habría sido distinto. Actualmente puede realizar motricidad fina: coger un palillo, pinchar una aceituna y llevársela a la boca. Se investiga añadir sensibilidad más allá de frío y calor, e incluso interfaces neuronales directas.
Cada mano biónica cuesta 87.000 € (en total pagaron 95.000 € por ambas). Las piernas de fibra de carbono básicas fueron cubiertas por la Seguridad Social, pero los covers y siliconas suponen 1.000 € o más adicionales. Gracias a la asociación "Tus manos son mis manos", creada con su red de apoyo y la movilización de Xàtiva, pudieron financiar las prótesis. En la Comunidad Valenciana existe copago, a diferencia de otras comunidades.
Las prótesis no sirven para todo tipo de actividad y requieren renovación periódica.
Para cada tipo de actividad se requieren prótesis específicas. Para ducharse se necesitan otras prótesis distintas. Las personas que desean correr necesitan las prótesis tipo ballesta que cuestan 33.000 € cada una y no están cubiertas por la Seguridad Social salvo que se sea atleta de élite. Existen muchas necesidades que no están cubiertas. Las prótesis son aparatos tecnológicos que se quedan obsoletos por obsolescencia programada y también se rompen, por lo que hay que enviarlos a reparar.
La verdadera vida de un amputado incluye adaptar la casa, la ducha y las condiciones del hogar. Para conducir, también es necesario adaptar un vehículo. Carla puede conducir, pero la DGT de la Comunidad Valenciana no le ha aceptado aún el permiso porque tiene miedo al ser el primer caso y no atreverse a dar ese paso. Sin embargo, existen personas amputadas de las cuatro extremidades que sí conducen.
Queda pendiente otra lucha burocrática para conseguir el carnet de conducir. Visibilizar estos casos ayuda a crear precedentes para que quienes vengan detrás no tengan que enfrentarse a las mismas barreras y puedan obtener el permiso con mayor facilidad.
Lo sucedido en la vida de Carla se ha convertido en motor y objetivo de divulgación, visibilización y ayuda. De un punto muy complejo de su vida ha surgido también el sentido de ayudar a otros, aunque al final agota tener que pelear con todo el mundo. Aun así, es bonito y llena. El hecho de discutir con la DGT de la Comunidad Valenciana puede crear un precedente para que otros no tengan que luchar por conseguir el carnet.
El día que Carla volvió a abrir los ojos, tanto metafóricamente como realmente, marca el inicio de una historia de superación de una joven que decide vivir sin límites. Se reconoce su capacidad de comunicación y la forma de explicar los detalles que permite a cualquiera meterse dentro de la historia y verse reflejado en los puntos de dolor, especialmente padres y madres.
Se recomienda el libro de Carla. La entrevista se realizó el jueves 4 de junio a las 20:30. Carla comenzó su jornada a las 4:30 de la mañana. Ha sido un honor para ambos compartir la conversación y la historia.
El podcast se llama "La fórmula del éxito" y la historia de Carla representa una de esas fórmulas. El entrevistador busca sentarse con personas que ayuden a vivir mejor, y lo que Carla ha contado y está consiguiendo no tiene comparación con otras historias difíciles compartidas previamente. Todo lo demás queda pequeño y relativiza las preocupaciones cotidianas.
Se habla del poder de levantarse cada día y dar gracias a Dios o a quien sea. Carla cree que existe algo, aunque no es practicante ni va a la iglesia. No le gustaría pensar que venimos aquí a sufrir y que luego se acaba. Se menciona la importancia de valorar el tiempo y no dejar las cosas para "ya lo haré". Hay que hacerlo hoy: estar con quien de verdad se quiera estar, gastar el tiempo e invertir la energía en quien realmente lo merezca, porque cada día que pasa no vuelve. Todos tenemos un contador que algún día llegará a cero y no sabemos cuándo.
"Mucha gente busca tiempo para ir al tanatorio y no tanto para tomarse un café. Y el día que tú vengas al tanatorio, yo ya no me enteraré, pero el día que te hagas un café conmigo, sí."
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