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Cómo Conectar con tu Interior Para Hacer las Cosas con Más Sentido (Ana Ibáñez)

Uri SabatJune 19, 202616m
In a Nutshell

Conectar con el niño interior a través de recuerdos, posturas y visualizaciones permite activar estados de motivación, seguridad y energía que el cerebro adulto ha olvidado. El cerebro prioriza la supervivencia y el control, por lo que hay que dialogar con él, cuestionar sus alarmas y entrenarlo con rutinas positivas y una cuota diaria de rebeldía o placer sin objetivo. Esto reduce el modo alerta, fortalece el córtex prefrontal y convierte al cerebro en aliado en lugar de obstáculo para vivir con más espontaneidad y sentido.

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Cuando se busca al niño interior de 9 o 10 años y se realizan las acciones desde la energía, las ganas y el punto naíf de ese niño, todo funciona mejor. Una de las formas de tener más energía cerebral, conectar mejores áreas cerebrales y actuar con impulso, vitalidad, motivación e ilusión renovadas consiste en recuperar lo que le gustaba a ese niño o jovencito antes de que la vida diera palos y demostrara que la ilusión no siempre basta.

En esa infancia hay mucha información valiosa de quiénes somos realmente y de qué es lo que en esencia nos hace bien. Cuando uno se siente perdido como adulto y pierde las ganas de vivir o no sabe quién es, un lugar muy bueno es visualizar y retomar aquello que gustaba entonces y conectarse con ello.

Tenemos muchísima memoria emocional. Si se cierran los ojos y se proyecta hacia atrás visualizando cómo se sentía uno a los 10 años en un lugar que resultaba especialmente bueno, haciendo algo que se recuerda con buenas sensaciones, se puede intentar meterse de nuevo en las sensaciones de ese niño: qué le motivaba, cómo lo vivía y qué energía tenía.

Esto despierta una neuroquímica y una electricidad cerebral nueva porque el cerebro utiliza más las memorias implantadas que no necesariamente son las buenas; suelen tender a ser las malas por el afán de supervivencia, ya que tiene muy claro qué no se debe hacer porque sale mal y no premia tanto lo que salió bien.

Si se escarba con conciencia e intención en emociones y cosas vividas que hicieron bien, se puede volver a subir esa información a la superficie y darse seguridad a uno mismo. Es como recordarse quién se es, de dónde se viene y las cosas que hacían bien.

Todo esto hace que se salga del modo de alerta y se trabaje más desde el córtex prefrontal. Esto se puede medir con electroencefalogramas: un cerebro que conecta con momentos de la infancia donde había ilusión muestra actividad eléctrica más coherente, frecuencias cerebrales menos de estrés y más de otros lugares. También se ve en imágenes de resonancia magnética funcional.

Cerebralmente se sabe que cuando intencionalmente se rescatan memorias y momentos, se activan áreas cerebrales. Ni siquiera tiene que ser de emociones vividas; pueden ser físicas: se pueden rescatar gestos y posturas.

Se puede adoptar posturas de fortaleza. El cerebro lee que estar erguido, bien enraizado en la tierra y apretar los puños es una postura de fuerza. Aunque en ese momento no se tengan esas frecuencias de fuerza, al mostrarle al cerebro que uno se siente con fuerza se genera un camino de ida y vuelta: desde la postura se puede alterar la electricidad cerebral.

Igualmente, si el cerebro no fabrica estados de fortaleza, la postura estará caída. Pero si se tienen frecuencias muy concretas, especialmente en áreas frontales y prefrontales asociadas a sentir seguridad, la postura cambia.

Siempre se puede afectar de una manera o de otra. El cerebro fabrica estados de forma continua, pero esos estados se pueden dirigir. Se le puede pedir fabricar más del estado de cuando se tenía 15 años y gustaba determinada emoción.

Si se quiere que el cerebro fabrique más de esos estados, hay que recordarle que sabe fabricarlos. La manera más fácil es visualizar, intentar meterse en un viaje al pasado de cómo se estaba en ese momento, hacerlo muy real e intentar sentir las emociones que se tenían entonces.

Al hacerlo se empieza a engañar al cerebro, que no sabe diferenciar muy bien entre algo real o imaginario cuando se imagina con mucha realidad. No es que el cerebro funcione exactamente igual que a los 15 años, pero se activan varias cosas: primero la seguridad, después el que vuelva a recrearse en algo que ya vivió y le hizo bien, lo que le da importancia y hace que se convierta en importante.

Entonces el cerebro empieza a funcionar desde otras frecuencias cerebrales para que uno se sienta más parecido a como se sentía. Se trata de que el cerebro trabaje para uno y fabrique aquellas sensaciones que fabricó antes y que se pudieron olvidar, trayéndolas al presente.

Muchas veces el cerebro es nuestro peor enemigo en lugar de nuestro mejor amigo. Transformarlo en aliado hace que la vida se transforme de forma mágica en algo más positivo y a favor.

Biológicamente el cerebro está programado para ser bastante nuestro peor enemigo porque siempre busca y prioriza aquello que mantiene en un lugar seguro, en supervivencia. No elige lo que hace más feliz o desarrolla más, sino que tiende a dar prioridad a lo ya vivido con final que le parece razonablemente aceptable.

Ese lugar puede ser tremendamente incómodo: estar quemado, ansioso, sin desarrollarse, sin espontaneidad, con demasiado control.

Lo primero es quitarse peso porque dentro del perfeccionismo se piensa que hay algo mal en uno mismo. Cerebralmente estamos programados para estar más preocupados de lo que deberíamos, pensar demasiado que las cosas nuevas pueden salir mal, tener una voz que dice que hay que pensarlo dos veces antes de tirar para allá, e intentar controlar las cosas porque el control es señal de seguridad.

Esto se trata de separarse un poco de la biología y decir que esa biología se queda corta. El cerebro del Homo Sapiens Sapiens era para defenderse de bestias que podían comer, pero ahora no hay bestias detrás de cada esquina. Sin embargo, magnifica todos los problemas y los lleva a nivel de vida o muerte.

Lo primero es saber que esto es normal y no hundirse. Cuando se está luchando contra el control y la inseguridad, hay que saber que es un estado cerebral al que se va a tener que engañar o modificar para llevarlo a otro.

Se puede sacar el cerebro biológico, mirarlo y decirle que se entiende que quiere llevar por supervivencia, pero que se quiere vivir de otra manera y que apoye y trabaje para uno cada vez que se pretende hacer algo nuevo que él no sabe cómo termina.

Después de la ilusión inicial aparecen voces de "espera, piénsalo dos veces, ¿de verdad eres capaz?". Muchas cosas que harían bien se abandonan en cuanto aparecen estas voces.

Lo primero es aceptar que estas voces van a estar siempre y que se necesita una cuota de valentía o fuerza extra para acallarlas. Acallarlas es entrar en diálogo: "Sí, entiendo que esto te puede chocar, no sabemos cómo va a terminar, pero yo quiero porque...".

Poner algo concreto ayuda mucho al cerebro: "Quiero porque la vida es una vez, ¿por qué no voy a probar esto? ¿Qué es lo peor que podría pasar?". Esto al cerebro le viene muy bien porque cuando se desenmascara y se dice que todo esto es de vida o muerte, él integra que realmente no lo es y da un poco más de cancha.

El diálogo de fortaleza con intención calma mucho al cerebro y hace que conecte el córtex prefrontal.

Las rutinas son un grandísimo apoyo a nivel cerebral, especialmente cuando son positivas y se sabe que hacen bien. El movimiento, el deporte a primera hora, ver el sol, caminar, escuchar música o salir un poco del mundo sienta las bases de la energía del resto del día.

Las rutinas que ya se sabe que aportan buena energía se asientan y automatizan, de modo que no hay que pensarlas y se hacen de forma automática.

Una manera muy buena para el cerebro es conseguir rutinas saludables aunque no siempre se tengan ganas, pero guardar una cuota interesante de no-rutina con la que se juega y se siente libertad.

Todos deberíamos tener algo llamado cuota de rebeldía en el día a día: aislar unos minutos (15 o 20) donde permitirse hacer algo desde un lugar de libertad y rebeldía. El cerebro pierde la unión de "siempre tengo que hacer algo con un objetivo, desde el esfuerzo". Se le permite estar estresándose o haciendo esfuerzo y luego relajándose.

Cuando se hace esto desde la rebeldía y la libertad, cerebralmente se ve muy bien: se le está enseñando que es muy bueno estresarse pero también descansar, y él se gusta en esa rebeldía y ese descanso.

Esta es una de las programaciones cerebrales que parece de perogrullo porque con las ganas que tenemos de vivir bien no se aíslan esos minutos en los que se cae el mundo y ahora quiero estar yo bien haciendo algo sin objetivo concreto.

La mayoría de las personas con vidas muy exigentes no aíslan estos minutos, con lo cual se le enseña al cerebro que lo único válido y de supervivencia es el esfuerzo y el estrés. Cuando él asume que esa es la supervivencia, eso es lo que va a hacer: va a pedir menos descanso e incluso va a pensar que el descanso es negativo.

Se puede empezar a sentir que se está metido en un túnel, que se hacen menos cosas fuera de lo habitual, que se encierra uno, que la mirada se hace más concreta, que se ríe menos, se queda menos con gente, se sale menos. Cuando alguien dice algo da pereza, se prefiere quedar en casa, o al dejar de trabajar lo que se quiere es calma.

Esas sensaciones denotan que el cerebro está quitando un montón de mirada sobre el exterior y viendo que lo seguro es solo una manera de sentir y actuar. Esto está ocurriendo desde gente muy joven.

Para que el cerebro fabrique otra cosa hay que enseñarle que lo otro es positivo. Las pautas son:

  • Ser consciente de que el cerebro por inercia va a ir hacia no sacarnos de lo conocido. La felicidad y el desarrollo vienen por otro lado: por forzarnos a hacer algo desconocido.
  • Ser muy conscientes de que hoy estoy entrenando y haciendo que mi cerebro trabaje solo en aquello que yo le doy. Si solo le doy esfuerzo, solo va a hacer esto.
  • Está en nuestra responsabilidad salir de ahí y diseñar espacios de rebeldía, de libertad, que también se llaman placeres culpables.

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