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Por Qué Después de Esto Tu Lista de Problemas Ya No Es la Misma (Carla Maronda)

Uri SabatJune 27, 202626m
In a Nutshell

Carla Maronda perdió las cuatro extremidades por una grave enfermedad y narra cómo pasó de luchar por sobrevivir en UCI a enfrentarse sola en casa al dolor, la dependencia total y la nueva realidad de su cuerpo. El mensaje central es que las quejas pierden sentido cuando se compara con quien sufre mucho más, y que hay que valorar la salud y lo cotidiano porque, postrado en una cama, se daría todo por tener solo los problemas actuales.

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Cuando se habla de experiencias personales, se invita a agradecer la vida y a poner en perspectiva lo realmente importante. El ser humano tiende a pensar que merece todo y en la época actual se es muy inconformista. Es fundamental valorar las pequeñas cosas: ducharse en casa, tener a los padres para abrazarlos, contar con una pareja que quiere, amistades dispuestas a escuchar, una carrera o estudios, un trabajo que permita vivir y, sobre todo, tener salud.

Carla menciona la experiencia de su tío, al que le amputaron una pierna. Era un señor mayor que finalmente murió de viejo. En sus últimos momentos, Carla reflexionaba sobre qué daría su tío por cambiarse por ella. Se plantea la pregunta de cuánto dinero se pagaría estando postrado en una cama de hospital por tener los problemas actuales: la respuesta es todo. Valorar el poder caminar sin dolor, sin sudor, sin liners, es importante.

Carla corrió su primera maratón y llegó al punto conocido como "el muro" en el kilómetro 30, donde la cabeza dice parar porque todo duele. Bioquímicamente el cuerpo genera señales de daño, pero el cuerpo siempre puede más. En ese momento llorando y exhausta, vio a un hombre con ambas piernas amputadas corriendo con prótesis tipo ballesta. Pensó: "¿Estás pensando en abandonar? Este tío está a tu lado haciendo esto y tú lo puedes hacer con tus piernas". Ese momento quedó grabado: cuando uno se queja, hay alguien haciéndolo con mucha más dificultad.

Cuando recibieron la noticia en el hospital, preguntaron cómo evolucionaría todo. En el Hospital de Xàtiva indicaron que no eran especialistas y no había médicos especializados. La vida ya no corría peligro inmediato. Carla estuvo en UCI sobreviviendo y salvando los órganos principales. Al mes salió con miedos.

En la UCI se sentía muy arropada por el personal, muy acogida y querida. Su familia le traía comida de casa y podían visitarla fuera de horario porque estaba muy despierta. Escuchaba muchas cosas, incluida gente muriendo. Tenía una discusión interna: quería salir para que su familia pudiera quedarse a dormir y ver otro mundo, pero al mismo tiempo le daba miedo avanzar y perder el sostén de cuidados 24/7. Pensaba que podía ahogarse en cualquier momento y que nadie acudiría si las máquinas no pitaban.

Al final pudieron más las ganas de seguir adelante. Salió del hospital entre un pasillo de personal aplaudiendo, llorando. Le lavaban el pelo por las noches cuando se iban las visitas, le ponían música y series. En un caso extremo como el suyo, siendo una chica joven, todo el pueblo se movilizó y apareció en noticias.

Se destaca la labor de los profesionales que ponen el corazón: aunque sea maquillarla o ponerla más guapa, en ese momento es lo más importante. No solo profesionalmente (excelentes), sino personalmente demuestran mucha calidad humana y humanidad. Cualquier gesto de afecto, entretenimiento o cariño es inmenso cuando se está lejos de la familia y en una situación grave.

La calidez humana es brutal y la poca humanidad es desgarradora. Se menciona que muchas veces estos profesionales tienen sueldos precarios pero lo dan todo. Carla comparte la experiencia de su neurocirujano que la operó de columna a las 9 de la mañana y volvió a las 9 de la noche a visitarla tras 12 horas. Cuando le agradeció y le dijo que se fuera a descansar, respondió que tenía que operar de urgencia a un chico con tumor en la cabeza. Ese acto se percibió como salvar el mundo.

Carla da charlas y conferencias también a personas que se profesionalizan en medicina, terapia ocupacional, fisioterapia o enfermería. Siempre dice lo mismo: espera que sea vocacional porque no es fácil, se ven muchas cosas. El día que trabajen con una persona, que le den lo mejor de sí mismos, porque para ellos será una persona más, un día más, pero para esa persona ese día es muy importante. Puede ser el único que la ve, la única sonrisa que recibe o el único cariño que tiene.

Los médicos que la atendieron en UCI hicieron un trabajo impecable e impoluto. La doctora de guardia llevaba 24 horas cuando la atendió. Están muy cansados pero lo viven mucho y hay que valorarlo. Tienen su vida y problemas fuera, pero dan lo mejor de sí mismos y su tiempo.

Al salir del hospital se menciona el libro "El día que volví a abrir los ojos" abierto por el capítulo 12: "Aprender a vivir sin anestesia". Se sale y se aprende a vivir sin esa red de sostén.

Tras un mes en UCI y un mes en planta visitando médicos vasculares, el 28 de mayo de 2024 le amputaron las cuatro extremidades. El capítulo habla de la vuelta a casa, la realidad que no se ve, el dolor y cómo aprender a vivir sin los médicos 24 horas y sin personal sanitario que sabe cómo hacer las cosas. La familia no son sanitarios y no saben cómo hacer curas ni llevarla al baño. Desde un punto de vista profesional pueden poner ímpetu pero a veces hacen daño.

Llegó a casa con muchísimo dolor físico y psicológico. Ni siquiera se podía dar la vuelta sola en la cama. Necesitaba ayuda para absolutamente todo. Tras 25 años viéndose en un espejo, enfrentó una realidad a la que no estaba acostumbrada. Había deseado ducharse en casa y estar con su perro, pero se enfrentó a un sofá que la absorbía y del que no podía levantarse sin ayuda. Fue muy doloroso y complicado; considera que es de las peores situaciones que ha vivido.

La primera vez fue en el Hospital General de Valencia. Todo salió mal: la ambulancia llegó mal, no la pasaron de la camilla a una cama. La metieron en una sala pequeñita donde entraron al menos 15-20 personas (cirujano vascular, cirujano plástico y residentes o gente de prácticas).

Tras un mes en planta, la tensión seguía baja y las pulsaciones elevadas. La llevaron al hospital de Valencia para ver qué pasaba. Comentó que le hacían curas diarias pero que no se había visto las manos. Le pusieron un paño en la cara, destaparon y un cirujano le dijo: "Los pies se van fuera". Intentó relativizar: con los pies no corría maratones ni escalaba montañas, no hacía crossfit, pero montaba a caballo.

Preguntó qué haría con las manos (beber, vestirse, asearse, estudiar, trabajar, conducir). El cirujano respondió: "Tú no tienes manos, tus manos están muertas". Empezó a gritar y llorar. Su padre preguntó si le habían hecho un ecógrafo y el médico dijo que no hacía falta. El padre señaló que 20 médicos no pueden equivocarse y el cirujano respondió que él era el único que había hablado; los demás ni saludaron ni se presentaron. Dijo que el día de la operación se verían.

Las dos auxiliares que estaban con ella se portaron bien y la apoyaron. El resto del personal del Hospital General no. Para irse a casa los dejaron en una sala cristalada al sol al menos dos horas hasta que llegó la ambulancia. Los celadores estaban en un cuartito con llave, se reían y no abrían. Fue horrible.

Llegó al Hospital de Xàtiva como a casa, como refugio. Los médicos le dejaron chocolatinas y un ramo de flores, la cambiaron y asearon. Estaba en shock. Necesitaba parar, no hablar, que el tiempo se detuviera y pensar que era una pesadilla. Tuvo que cerrar las visitas porque su habitación parecía "Casa Pepe"; se presentaba gente que ni conocía. Quería estar sola para pensar, hablar consigo misma y poner orden.

Los médicos le dijeron que quedaban más opciones. En una les dijeron lo mismo. En otra se planteó trasplante de manos. Carla pensó inmediatamente "ya está, ponerme las manos de quien sea". Llevaba tres meses con el móvil apagado y ese día le dijo a su padre que lo encendiera porque la decisión estaba tomada. Quería formar parte del mundo una vez tuviera las cosas claras.

Los médicos intentaron quitarle la idea de la cabeza por los inmunosupresores: medicación para que el cuerpo no rechace el órgano. Para órganos externos la dosis es aún más elevada y las posibilidades de rechazo muy altas. Además bajan las defensas, por lo que cualquier catarro puede ser mucho más grave e incluso fatal.

El médico que iba a realizarlo no mintió: "Si sale bien, tienes manos". Carla respondió: "Si sale mal, no tengo manos". Él contestó: "Si sale regular te las quitamos, si sale mal mueres". Ella sentía que su vida estaba tan muerta y vacía que no apostaba fuerte. Reinaba el sobrevivir y tener la vida lo más parecida posible: terminar sus estudios, seguir montando a caballo, trabajar como abogada, recuperar su vida costara lo que costase.

Le quitaron la idea de la cabeza y sus padres cogieron miedo. Le dijeron que iría al Hospital La Fe donde está todo centralizado (amputados y quemados) y se acabó. Su médico de planta, Edu, le dijo que ya no hacían nada más en el hospital y que pediría habitación en La Fe. La trasladaron alrededor del 26 de mayo.

En La Fe vinieron todos los médicos vasculares, cirujanos plásticos y el equipo de fisios. Preguntaron si tenía miedos o preguntas. Ella solo necesitaba hablar de prótesis porque había un desconocimiento enorme: nunca había visto a nadie con prótesis y nadie sabía decirle cómo eran, cuándo las tendría, cómo funcionaban, qué movilidad tendrían, si valían dinero o si eran bonitas. Los médicos le dijeron que al ser joven, fuerte y deportista se adaptaría y llegaría donde quisiera llegar. Su meta era volver a montar a caballo.

La amputaron el 28 de mayo. La operación debía durar 8 horas pero duró 4. Debía dormir en UCI pero no quiso porque sabía lo que era y no quería despegarse de su familia ni escuchar cosas que pasan por la noche. Salió bien, el anestesista hizo su trabajo impoluto y le dejaron los muñones largos. Salió de quirófano creyéndose "el nuevo Mesías" porque no había muerto en reiteradas ocasiones y ese día tampoco. Estuvo tres semanas en La Fe muy arriba, con dolor pero se lo calmaban enseguida.

En la primera cura, el cirujano Alberto le destapó y ella se miró para acostumbrarse. Él se sorprendió porque nadie se mira el primer día. Ella respondió que tenía que conocerse y aceptarse. En el hospital se vive una realidad paralela; al llegar a casa es otra historia. Ya se estaba haciendo la idea psicológicamente de tener que verse.

Al verse los pies dijo "pobreta de mí", pero luego empezó a bromear preguntando quién le había hecho cada muñón porque uno estaba mejor que el otro. Son reacciones que no se pueden controlar. Al final, en cada momento hay que tomarse las cosas lo mejor que se pueda.

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